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tags:
  - "Club Atlético Libertad"
  - "Deporte"
  - "Editorial"
  - "José Eduardo Poma"
author_name: "Por Expresión del Sur"
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category_name: "Deportes"
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# Los clubes de barrio: donde comienza la grandeza del deporte argentino

![CLUB DE BARRIO](/download/multimedia.normal.9890a7158325933b.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

Cada vez que la Selección Argentina consigue un triunfo, que un deportista argentino sube a un podio internacional o que nuestra bandera aparece en alguna de las grandes competencias del mundo, millones de argentinos sentimos ese logro como propio. Celebramos al deportista consagrado, su talento, su sacrificio y su capacidad para competir entre los mejores.

Pero pocas veces nos preguntamos dónde comenzó verdaderamente esa historia.

Antes de los grandes estadios, de los contratos profesionales, de los centros de alto rendimiento y de las transmisiones internacionales, casi siempre hubo algo mucho más sencillo: **una cancha de barrio, un entrenador, una comisión directiva, padres acompañando y un club abriendo sus puertas.**

El ejemplo más extraordinario lo tenemos frente a nuestros ojos. Lionel Messi comenzó a jugar a los cuatro años en Grandoli, un club de su barrio en Rosario, antes de incorporarse posteriormente a las divisiones inferiores de Newell's. Julián Álvarez inició su formación en el Club Atlético Calchín, en una pequeña localidad cordobesa, mucho antes de llegar a River y convertirse en campeón del mundo.

Historias semejantes se repiten en todo el país y en numerosas disciplinas. Por eso, cuando Argentina celebra los logros de sus deportistas, también debería reconocer a la enorme estructura social que hizo posible que muchos de ellos alguna vez comenzaran.

**Mucho más que deporte**

Reducir la función de un club de barrio a enseñar fútbol, básquet, hockey, vóley, atletismo, tenis o cualquier otra disciplina constituye un profundo error.

Un club es también **educación no formal, integración, prevención, pertenencia y construcción comunitaria**. En sus instalaciones conviven niños, adolescentes, adultos y adultos mayores. Allí se aprende a respetar horarios y reglas; a compartir con otros; a ganar y perder; a asumir responsabilidades; a integrar un equipo y comprender que el esfuerzo individual debe muchas veces ponerse al servicio de un objetivo colectivo.

En épocas de crisis económica y social esa función adquiere todavía mayor relevancia.

Difícilmente podamos medir económicamente todo lo que eso significa. ¿Cuánto vale para una sociedad prevenir una adicción? ¿Cuánto vale evitar que un joven abandone definitivamente determinados hábitos saludables? ¿Cuánto vale construir vínculos sociales, disciplina, amistad y sentido de pertenencia?

Seguramente muchísimo más que el costo de mantener iluminada una cancha, comprar elementos deportivos o ayudar a una institución a construir un vestuario.

**El Estado no puede ser indiferente**

Aquí aparece una discusión que la Argentina necesita afrontar.

Durante los últimos años ha adquirido fuerza una concepción liberal según la cual el Estado debería reducir al mínimo su participación en numerosas actividades de la sociedad civil y dejar que sean los individuos y las organizaciones privadas quienes encuentren por sí mismos los mecanismos para financiarse.

La eficiencia del gasto público, la eliminación de privilegios, el equilibrio fiscal y la transparencia son discusiones necesarias. También los clubes deben administrar correctamente, tener sus balances al día, fortalecer sus masas societarias y procurar generar recursos propios.

Pero de allí a sostener que el Estado debe desentenderse del deporte existe una enorme distancia.

**Un club de barrio genera beneficios que exceden ampliamente a sus socios.**

Cuando contiene a cientos de chicos, promueve hábitos saludables, organiza actividades comunitarias, forma dirigentes, detecta talentos o recupera un espacio urbano, está produciendo beneficios para toda la sociedad.

En términos económicos, estamos frente a claras externalidades positivas. Y cuando una actividad privada genera beneficios públicos, resulta perfectamente razonable que el Estado diseñe mecanismos para promoverla. Se trata de **construir un Estado que ayude a que los clubes sean cada vez más fuertes y autónomos.**

En nuestra provincia encontramos actualmente una experiencia interesante, el **Plan META**, impulsado por el Gobierno de Salta, parte precisamente de considerar al deporte como una política pública y a los clubes como actores sociales estratégicos.

La experiencia es importante porque reconoce algo elemental: muchas instituciones poseen dirigentes, profesores, deportistas, familias comprometidas y décadas de historia, pero enfrentan enormes dificultades para realizar inversiones de infraestructura.

Construir un gimnasio, iluminar una cancha, colocar césped sintético, mejorar vestuarios, instalar pisos deportivos o ampliar instalaciones representa inversiones que muchas veces superan completamente la capacidad económica de un club.

**Una ley que merece volver al centro del debate**

En una Argentina que discute permanentemente reformas fiscales, laborales, previsionales y administrativas, existe una reforma relativamente sencilla que podría generar enormes beneficios sociales: **crear un verdadero régimen nacional de incentivo al patrocinio deportivo.**

El proyecto impulsado por el diputado nacional Héctor Baldassi propone precisamente avanzar en esa dirección. La iniciativa permitiría que empresas y personas puedan destinar recursos a proyectos deportivos y computar esos aportes —dentro de los límites establecidos— respecto del Impuesto a las Ganancias.

Los beneficiarios podrían ser deportistas, clubes de barrio y asociaciones civiles deportivas, mientras que los aportes podrían materializarse mediante dinero, servicios o bienes destinados, entre otras finalidades, a infraestructura, equipamiento y formación.

En lugar de discutir únicamente cuánto dinero debe entregar directamente el Estado a los clubes, permite preguntarnos **cómo puede el Estado estimular que recursos privados lleguen al deporte.**

Una empresa que debe realizar una determinada contribución tributaria podría encontrar un incentivo para destinar parte de sus recursos a construir una cancha, iluminar un predio, adquirir equipamiento o acompañar la formación de deportistas de su propia comunidad.

El Estado establece las reglas, fiscaliza y controla, el sector privado aporta recursos, los clubes ejecutan proyectos y la comunidad recibe los beneficios.

**Convertir impuestos en inversión social**

La denominada “Ley Baldassi” contiene, por ello, una idea que debería superar cualquier discusión partidaria.

No significa regalar impuestos ni otorgar privilegios empresariales, significa utilizar inteligentemente la política tributaria para orientar inversión privada hacia actividades que producen un evidente beneficio social.

Naturalmente, un régimen de estas características deberá contar con controles rigurosos, proyectos previamente aprobados, rendiciones documentadas, registros públicos y mecanismos que impidan cualquier utilización abusiva del beneficio.

Pero esos controles son perfectamente posibles. Argentina necesita dejar atrás una falsa contradicción que aparece demasiado frecuentemente en nuestro debate público: **Estado o mercado.** En determinadas políticas públicas, la respuesta correcta puede ser Estado **y** mercado, trabajando junto con las organizaciones de la sociedad civil.

**La próxima generación todavía está jugando en alguna cancha de barrio**

Hay además una cuestión profundamente federal, para una empresa importante puede resultar sencillo patrocinar a un deportista ya consagrado. Mucho más difícil es que los recursos lleguen al pequeño club de Metán, Tartagal, Orán, Rosario de la Frontera, Cafayate o cualquier localidad del interior argentino.

Precisamente allí debe aparecer una política pública inteligente. Porque el próximo campeón argentino quizás hoy tenga ocho años y esté entrenando en una cancha de tierra. Quizás una futura campeona olímpica esté comenzando su disciplina en instalaciones precarias. Y probablemente ninguno de ellos necesite inicialmente un estadio extraordinario. Necesita algo mucho más elemental: **que exista un club que pueda abrirle la puerta.**

Argentina ha demostrado durante décadas una extraordinaria capacidad para producir deportistas. Messi, los campeones del mundo y tantos argentinos que nos representan internacionalmente no aparecieron espontáneamente. Detrás de cada uno existió una cadena silenciosa de instituciones, entrenadores, familias y dirigentes.

Los grandes triunfos deportivos comienzan mucho antes de las finales. Comienzan cuando alguien corta el césped de una cancha sin cobrar; cuando una madre organiza una rifa; cuando un entrenador se queda una hora más; cuando un dirigente consigue recursos para comprar camisetas; cuando una empresa local colabora; y cuando un Estado comprende que acompañar todo ese esfuerzo **no constituye un gasto: constituye una inversión social.**

En tiempos en que Argentina busca reformas estructurales capaces de modificar viejos problemas, quizás también sea momento de impulsar una reforma sencilla pero profundamente transformadora.

La Argentina disfruta de sus campeones. Ahora tiene la responsabilidad de cuidar los lugares donde nacen.

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