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title: "¿Estudiante o arriero? El misterio del Degolladito de La Rioja"
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date_published: "2026-10-14T09:00:00-03:00"
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tags:
  - "Argentina"
  - "El Degolladito"
  - "La Rioja"
  - "Mitos y Leyendas"
author_name: "Xiomara Díaz"
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category_name: "Sociedad"
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# ¿Estudiante o arriero? El misterio del Degolladito de La Rioja

**![El Degolladito](/download/multimedia.normal.b2a8989c41cf4e54.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)**

Las flores y las velas tienen un destinatario, aunque nadie pueda decir con certeza cómo se llamaba. En un pequeño santuario del norte de La Rioja, los visitantes dejan ofrendas, agradecen favores y piden protección al **Degolladito**. Sobre su vida circulan versiones distintas. Sobre su muerte, los relatos conservan una misma imagen... un hombre asesinado en el camino.

Su historia integra los mitos y leyendas riojanos. Se cuenta en la zona de Alpasinche y Aimogasta, cerca del antiguo recorrido que comunicaba San Blas de los Sauces con Arauco. No hay una fecha de muerte establecida en las publicaciones consultadas ni una identidad que permita reconstruir su biografía. Aun así, el lugar conserva una devoción expresada en carteles, ofrendas y pedidos de ayuda.

Para conocer el origen de esa creencia hay que seguir un relato transmitido con variaciones. Una de ellas habla de un estudiante que volvía a Buenos Aires. Otra recuerda a un arriero. Entre ambas queda una pregunta que la tradición no ha resuelto:**¿quién era el hombre al que hoy llaman el Degolladito?**

**El viaje que cuenta la leyenda**

En la versión del estudiante, el protagonista era un joven de unos veinte años, hijo de una familia adinerada. Cursaba una carrera universitaria en Buenos Aires y visitaba periódicamente a sus padres. Después regresaba en tren para continuar sus estudios.

En una de esas ocasiones, un puente ferroviario roto cerca de Alpasinche habría alterado el recorrido. El muchacho decidió viajar a caballo hacia Aimogasta junto al capataz de la estancia familiar. Llevaban ropa, provisiones y otros elementos para su estadía en la ciudad.

Hasta ese punto, la narración describe los preparativos de un regreso. El peligro aparece más adelante, cerca de una pequeña instalación del ferrocarril, donde un grupo de hombres armados les habría cerrado el paso.

Según esa misma versión, los asaltantes conocían los movimientos de la familia. Querían apoderarse de sus pertenencias y algunas narraciones les atribuyen, además, la intención de secuestrar al joven para pedir un rescate.

El muchacho intentó resistirse. Uno de los atacantes lo hirió en el cuello con un arma blanca y los delincuentes escaparon. El capataz quedó junto a él, buscando cómo conseguir auxilio en aquel tramo del camino.

La leyenda incorpora entonces a un maquinista que llegó desde Aimogasta y colaboró para procurar asistencia. La ayuda no alcanzó; el joven murió a causa de la herida. La forma de esa muerte dio origen al nombre que terminaría reemplazando al suyo.

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**Otro hombre en el mismo camino**

La historia cambia cuando aparece la versión del arriero. Ya no se trata de un estudiante que regresa a la universidad, sino de un hombre que recorría esos caminos con animales y mercaderías.

La escritora Mariana Enriquez recuperó esa variante en una crónica publicada en *Página/12* en 2023. Allí mencionó un relato de Juan B. Salazar, incluido en *La tierra contada*, que en 1976 describía al Degolladito como un viejo arriero asesinado en el lugar. La cruz y las ofrendas de los viajeros ya formaban parte de esa narración literaria.

Las diferencias no son menores: cambian la edad, el oficio y la vida de la víctima. Por eso, ninguna de esas versiones puede tomarse como una biografía definitiva. Lo que ambas conservan es la muerte violenta junto al camino y el recuerdo de quienes comenzaron a detenerse allí.

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**Lo que quedó junto a la cruz**

El texto que dio origen a esta nota recoge una secuencia sobre el nacimiento del culto: primero, un montón de piedras señaló el sitio de la tragedia; después, alguien colocó una cruz. Más tarde apareció un agradecimiento por una recuperación que se atribuyó a la intervención del difunto.

Ese supuesto favor habría contribuido a difundir su fama de milagroso. A los pedidos se sumaron nuevas ofrendas, hasta que el lugar adquirió la forma de un pequeño santuario.

Los carteles de agradecimiento y los objetos depositados allí permiten reconocer una práctica que sigue asociada al Degolladito. Quienes creen en él le piden ayuda ante enfermedades y dificultades familiares; los viajeros también le atribuyen protección durante el recorrido. Los milagros pertenecen a esas creencias, mientras que las ofrendas son una expresión de la devoción.

La pregunta por su identidad permanece abierta. No se sabe con certeza si fue aquel joven que viajaba para estudiar o el arriero recordado por la literatura. En el santuario, sin embargo, los mensajes se dirigen al mismo nombre:**El Degolladito**. Allí, junto al recuerdo de una muerte, quedaron también las historias de quienes acudieron a pedir algo y volvieron para agradecer.

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