


Salta en 1810: una aldea dividida entre la revolución y la lealtad al Rey
Sociedad25/05/2026
Por Expresión del Sur
Cuando estalló la Revolución de Mayo en Buenos Aires, Salta estaba muy lejos de parecerse a la ciudad que hoy conocemos. Aunque oficialmente llevaba el título de “Ciudad”, en 1810 era apenas una modesta aldea de calles de tierra, casas bajas de adobe y una vida marcada por las desigualdades y las tensiones políticas.
En aquel entonces, Salta era sede de la extensa Intendencia de Salta del Tucumán y contaba con unos 15 mil habitantes, aunque apenas 5 mil vivían concentrados en el pequeño núcleo urbano que rodeaba la plaza principal. Españoles, criollos, indígenas, mulatos y negros convivían en una sociedad profundamente estratificada.


Las noticias de la Revolución de Mayo tardaron varias semanas en llegar. Recién el 16 de junio de 1810 se conoció en Salta el pronunciamiento de Buenos Aires que destituyó al virrey y conformó la Primera Junta.
Dos días después, el gobernador intendente Nicolás Severo de Isasmendi convocó al Cabildo para analizar la situación. Allí, la mayoría de los vecinos presentes decidió respaldar a la Junta de Buenos Aires, aunque manteniendo formalmente la lealtad al rey Fernando VII.
En ese momento, todavía no existía una división clara entre “patriotas” y “realistas”. Las disputas estaban atravesadas más por intereses de poder, influencias y rivalidades locales que por posiciones ideológicas definidas.
El conflicto se profundizó cuando llegó el momento de elegir al representante salteño ante la Junta Provisional. Mientras Isasmendi propuso ampliar la participación e incluir a sectores populares como artesanos, pulperos y soldados, el sector identificado con los patriotas rechazó esa posibilidad.
La situación dejó una paradoja histórica: quienes defendían al rey impulsaban una participación más amplia, mientras que los sectores revolucionarios intentaban limitarla.
Finalmente, el candidato apoyado por Isasmendi ganó la votación, pero los patriotas denunciaron irregularidades y cuestionaron el proceso. La respuesta del gobernador fue ordenar la detención de los opositores, profundizando aún más las tensiones internas.
Así, Salta quedó atrapada entre dos mundos: por un lado apoyaba a la Junta nacida en Buenos Aires y, por el otro, mantenía vínculos y lealtades con las autoridades españolas depuestas.
La revolución recién comenzaba y el norte argentino se preparaba para convertirse, pocos años después, en uno de los escenarios más decisivos de la lucha por la independencia.
Fuente: Gregorio Caro Figueroa


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