Cargnello en González: el cuidado del pueblo es responsabilidad de todos

Sociedad10/08/2026Xiomara DíazXiomara Díaz

Monseñor

La homilía pronunciada por monseñor Mario Antonio Cargnello durante las fiestas patronales de Joaquín V. González no incluyó señalamientos personales ni menciones al intendente. Al hablar de la basura y del estado de los espacios públicos, el arzobispo de Salta planteó una responsabilidad compartida entre vecinos, autoridades y los distintos sectores de la comunidad.

El sentido de sus palabras quedó expresado en uno de los pasajes más claros de la celebración: “Todos somos responsables de nuestro pueblo, de la limpieza de nuestro pueblo, del cuidado de lo que tenemos, del cuidado del vecino, de nuestra plaza y de nuestras calles. No podemos delegar solamente en quien tiene una función pública. Todos somos responsables de nuestra tierra”, sostuvo.

Cargnello no evitó hablar de la suciedad ni de la basura acumulada. Lo hizo, sin embargo, en primera persona del plural y como parte de un mensaje dirigido a toda la población.

“Nos preocupa el tema del agua, nos preocupa el impacto de la minería y una serie de cosas que están muy bien. Pero tenemos la ciudad sucia. Tiramos la basura afuera”, expresó.

El planteo estuvo relacionado con el cuidado del ambiente y con hábitos que dependen tanto de la tarea pública como de la conducta de cada vecino. El arzobispo advirtió que los residuos abandonados también representan un riesgo para los niños, que pueden recoger elementos contaminados y enfermarse.

En ese tramo recordó que Joaquín V. González ocupa un lugar importante para quienes llegan desde el este y transitan hacia otras zonas. “Ustedes no son el extremo de Salta, son la cara de Salta”, señaló. Por esa razón, pidió conservar una ciudad que pueda ser disfrutada por sus habitantes y también por quienes están de paso.

La cuestión ambiental fue apenas una parte de una homilía centrada en la responsabilidad personal y comunitaria. Cargnello habló ante jóvenes, adultos, ancianos, trabajadores del campo, funcionarios, sacerdotes y familias. A todos los incluyó en el mismo llamado: nadie puede quedar al margen cuando se trata de cuidar el lugar donde vive.

Su mensaje comenzó con el profeta Habacuc, quien reclamaba respuestas inmediatas frente a las injusticias de su tiempo. El arzobispo explicó que los cambios no siempre se producen como las personas esperan ni mediante la eliminación de quienes piensan distinto.

Retomó después el pasaje evangélico del padre que se acercó a Jesús para pedir por su hijo enfermo. A partir de ese relato sostuvo que Cristo no transforma el mundo mediante las armas, la prepotencia, el capricho o la fuerza. Su camino consiste en acercarse a quien sufre, liberarlo del mal y devolverle la libertad interior.

Cargnello vinculó esa enseñanza con Magnifica Humanitas, la encíclica de León XIV sobre la custodia de la persona humana. El documento, explicó, propone reconstruir la sociedad desde el corazón de cada persona y no desde la lógica del poder o del beneficio individual.

Para desarrollar esa idea recurrió a dos imágenes bíblicas. La primera fue la torre de Babel, construida desde la ambición, el orgullo y el deseo de alcanzar poder. Ese proyecto terminó en división. La segunda fue la reconstrucción de Jerusalén encabezada por Nehemías, quien rezó, escuchó, organizó a la comunidad y distribuyó responsabilidades.

Nehemías no reconstruyó la ciudad por sí solo. Cada familia asumió una parte del trabajo y la tarea continuó pese a las resistencias y los retrocesos. Cargnello utilizó ese relato para insistir en que una comunidad no sale adelante únicamente por la decisión de una autoridad, sino cuando cada sector cumple con la parte que le corresponde.

“El bien y la paz no se logran por decreto. La decisión es de cada uno”, afirmó.

El arzobispo también se refirió a la dignidad humana. Sostuvo que el valor de una persona no depende del dinero, los estudios, la apariencia física, el cargo que ocupa, su edad o su estado de salud. Un médico, un funcionario, un sacerdote, un obispo o el propio Papa, señaló, no poseen mayor dignidad por la función que desempeñan.

Ese principio, añadió, obliga a cuidar el trato con los demás. “No podemos vivir solos, no nos salvamos solos, necesitamos de los demás”, remarcó.

Cargnello cuestionó además los mensajes políticos y sociales que alientan enfrentamientos entre vecinos por su pertenencia partidaria o su posición económica. Recordó que, más allá de las diferencias, todos deben continuar viviendo en el mismo pueblo y necesitan unos de otros.

En ese contexto pidió cuidar el uso de las palabras. Habló de expresiones “desarmadas y desarmantes”, capaces de comunicar la verdad sin alimentar la agresión. También advirtió sobre la exposición de peleas, divorcios e intimidades familiares como una forma de entretenimiento que termina dañando a las personas.

El cambio social, sostuvo, comienza muchas veces en acciones que parecen pequeñas: ordenar una casa, cuidar una calle, atender al vecino, respetar a quien piensa distinto o hacerse cargo de los propios errores. “El bien es como una fuerza que empieza en el gesto de cada uno y se va expandiendo”, dijo.

Hacia el final, Cargnello invitó a recuperar la oración, la Eucaristía y la confesión, y pidió que la fe también tenga lugar en la vida familiar, social y política. “Tantas recetas han fracasado, tantos proyectos pasan; Él sigue”, manifestó al referirse a Jesucristo.

El cierre estuvo dedicado a Santo Domingo de Guzmán. Recordó su predicación en una sociedad dividida y su aporte a la difusión del rosario. Aquella tarea no produjo resultados inmediatos, pero permaneció a través de las generaciones.

Con ese ejemplo, el arzobispo resumió el sentido de su mensaje en Joaquín V. González: los cambios no dependen únicamente de quienes gobiernan ni llegan de un día para otro. Comienzan cuando cada persona asume su responsabilidad frente a los demás y al lugar donde vive.

“Nosotros también creamos que lo poco que hacemos puede atravesar la historia”, concluyó.

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