

XIV Víacrucis Gaucho: una multitud de fortines y una puesta única en el país
Actualidad03/04/2026
Xiomara Díaz
La decimocuarta edición del Víacrucis Gaucho volvió a desplegar en Metán una de las expresiones más importante de la Semana Santa en el sur de la provincia. Se trató de una reconstrucción viva del camino de la Pasión de Cristo, sostenida por una participación masiva de fortines gauchos —en número de cientos—, actores locales, instituciones y vecinos. En esa conjunción, la propuesta reafirmó su carácter único en el país, sin antecedentes equivalentes en escala y compromiso comunitario.


La representación comenzó con la condena de Jesús, el momento en que es juzgado y sentenciado a morir en la cruz. Desde allí, el recorrido avanzó con la carga del madero, símbolo del peso del sufrimiento humano, en una escena donde el silencio del público acompañó cada paso.

Las primeras caídas —en la tercera, séptima y novena estación— expusieron el desgaste físico y la fragilidad. No hubo sobreactuación; el cuerpo inclinado, el ritmo lento y la persistencia marcaron el tono. En la cuarta estación, el encuentro con María mostró el dolor compartido entre madre e hijo; fue una escena sostenida en la mirada, sin palabras innecesarias.
La intervención de Simón de Cirene, en la quinta estación, introdujo la ayuda en medio del camino. Verónica, en la sexta, aportó el gesto de compasión al enjuagar el rostro de Cristo. Cada estación tuvo su impronta, su ritmo y su sentido, sin perder la continuidad del relato.

Uno de los momentos más contundentes se dio en la décima estación, con el despojo de las vestiduras. “Sin ropa se nace, sin ropa se muere”, allí se puso en evidencia la desnudez absoluta del ser humano ante la muerte. La undécima estación, con la crucifixión, expuso el momento en que Jesús es clavado en la cruz, acompañado por el rezo colectivo del Padre Nuestro y el Ave María.

La duodécima estación —la muerte de Jesús— marcó el punto de mayor recogimiento. La escena evocó el instante en que Cristo entrega su espíritu, en medio de una atmósfera de silencio generalizado. En términos de la tradición cristiana, ese momento no es interpretado como un hecho casual, sino como un acto de entrega; la Pasión no es sólo sufrimiento, sino la manifestación de un sacrificio con sentido redentor.

Las estaciones finales, con la deposición del cuerpo, completaron el recorrido. La reflexión posterior puso en palabras el significado del Viernes Santo; un día sin celebración festiva, sin campanas, marcado por el silencio y la contemplación. Un día que, dentro de la fe cristiana, remite a la idea de que la muerte de Cristo no es un final, sino parte de un proceso que da sentido a la esperanza.

La representación tuvo un punto de cierre frente al Paseo La Estación, donde se escenificaron las últimas estaciones. Allí, el clima fue elocuente; hombres y mujeres visiblemente conmovidos, lágrimas discretas, niños atentos siguiendo cada escena sin distracciones. La respuesta del público no fue pasiva; acompañó, respetó y sostuvo el desarrollo de la ceremonia.

En ese mismo tramo final, las academias de danza de la ciudad interpretaron la Zamba del Perdón. Con pañuelos blancos en alto, el gesto aportó un cierre simbólico donde la tradición folclórica dialogó con el contenido religioso, sin romper el clima de recogimiento.
El papel de Jesús estuvo a cargo de Juan Ignacio Vera, quien asumió una de las representaciones centrales de la puesta. Su interpretación sostuvo la continuidad del relato a lo largo de todas las estaciones, con una construcción basada en la gestualidad y el desplazamiento.

A lo largo del recorrido, distintas instituciones prepararon y sostuvieron las estaciones: la Parroquia San José, la Unidad Carcelaria N°2, el Hospital del Carmen, la Iglesia del Milagro, el Palacio Municipal, el Centro Cultural Federico Gauffin y la Secretaría de Desarrollo Social, entre otras. Cada una aportó su estructura, recursos y organización para el desarrollo de la representación.
La conducción estuvo a cargo de Mauro Villafañe, quien guió cada instancia del recorrido y ordenó la secuencia de las estaciones.

El dato que distingue a esta propuesta se sostuvo a lo largo de toda la jornada, la participación de cientos de gauchos, organizados en fortines, acompañando activamente cada tramo del Víacrucis. No como presencia decorativa, sino como parte estructural de la representación. Esa dimensión, en conjunto con el despliegue escénico y la respuesta del público, ubica al Víacrucis Gaucho de Metán como una experiencia única en el país.

La realización de esta edición fue posible a partir de un trabajo conjunto entre las distintas áreas de la Municipalidad, los fortines gauchos, las academias de danza, las instituciones participantes y los vecinos que formaron parte de la organización y ejecución de cada estación.
En ese entramado colectivo, la Pasión de Cristo volvió a representarse no sólo como un hecho religioso, sino como una práctica cultural arraigada, que cada año convoca, interpela y reúne a la comunidad en torno a una misma escena: el camino de la cruz.


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