



Cuando Roberto Luna murió, sus hijos dudaron si podrían continuar con la tarea que él había sostenido durante años. No era solamente prestar un vehículo o trasladar equipaje. Había que acompañar a decenas de personas, atender lo que surgiera en la ruta y asumir la responsabilidad de ayudar a que cada peregrino llegara hasta Salta. Finalmente, una frase de su esposa terminó de resolverlo: "Tu tata habría querido que siguieran".
Hoy, su nombre identifica al grupo El Galpón Camina al Milagro–Roberto Luna, integrado por alrededor de 140 personas. La historia comenzó muchos años antes, a partir de un encuentro casual en el camino.



Don Garnica fue uno de los primeros peregrinos. Una vez, mientras avanzaba solo por la ruta, se cruzó con Roberto. Este le preguntó adónde se dirigía y, al conocer su propósito, empezó a acercarle lo que necesitaba. Después puso su vehículo a disposición para llevar las pertenencias. Con el tiempo se sumaron más caminantes, fue necesario organizar la asistencia y terminó formándose una comisión.

Roberto no caminaba al frente de la columna, pero estaba presente en cada parada. Su lugar era el apoyo; trasladar bolsos, acercar provisiones y estar disponible cuando alguien necesitaba ayuda. Cumplía una tarea poco visible, aunque necesaria para quienes afrontaban varios días de marcha.
Su hija, Cecilia Luna, creció cerca de aquella peregrinación. Durante sus primeros años acompañaba a sus padres, aunque todavía no participaba de lleno en la organización. Fue después de la muerte de Roberto cuando ella y sus hermanos comprendieron que debían tomar una decisión.
“Cuando mi papá falleció, aflojé un poco. Dudé bastante”, reconoce en una entrevista en MODON. Su madre, que había acompañado a Roberto durante mucho tiempo, fue quien insistió en que no abandonaran. Les recordó que su padre habría querido verlos continuar con el grupo.
Los hermanos hablaron entre ellos. Para algunos, la organización era todavía algo nuevo. Aun así, decidieron hacerse cargo y conservar aquella forma de servir que habían aprendido en su casa. Desde entonces, el vehículo de apoyo sigue saliendo y el apellido Luna permanece unido a los peregrinos de El Galpón.

La preparación comienza mucho antes de septiembre. Ya en enero o febrero aparece la cuenta regresiva. Cuando llegan julio y agosto, el Milagro ocupa buena parte de las conversaciones familiares: hay que revisar la movilidad, distribuir tareas, ordenar el equipaje y prever todo lo que puede hacer falta durante el recorrido.
Para quienes brindan apoyo también hay cansancio. Duermen poco, permanecen atentos durante horas y siguen el paso de la columna. Cecilia lo define como un agotamiento distinto, acompañado por la satisfacción de saberse útil.
“Tratamos de que lleguen bien, de acompañarlos y ayudar para que puedan cumplir su promesa de la mejor manera”, explica.

A veces se trata de alcanzar una botella de agua. Otras, de esperar al que quedó rezagado, guardar una mochila o asistir a quien siente que ya no puede continuar. Son acciones simples que, después de tantos kilómetros, adquieren otro valor.
La llegada a Salta es el momento más difícil de explicar para Cecilia. Al acercarse a la ciudad y encontrarse con otras columnas, vuelve a sorprenderse por la cantidad de personas que avanzan hacia el mismo lugar. Entonces toma dimensión de lo que comenzaron a preparar meses atrás.
“Cuando llegamos a la rotonda no puedo creer que seamos tantos y que hayamos podido organizar todo. Al entrar a la Catedral se me llenan los ojos de lágrimas. Es algo muy personal”, cuenta.

Allí también aparece el recuerdo de Roberto. Está en el nombre del grupo, pero sobre todo en una manera de acompañar que sus hijos decidieron conservar. Lo que comenzó al detenerse junto a un hombre que caminaba por la ruta se transformó, con los años, en una organización que asiste a unas 140 personas.
Cecilia admite que la fe no permanece siempre intacta. Hay momentos en los que las dificultades hacen pensar que no será posible continuar. Algo similar ocurre durante la peregrinación: el cuerpo se agota, aparecen los dolores y todavía quedan kilómetros por delante.
“Muchas veces perdemos la fe y pensamos que llegamos hasta ahí. Pero mi papá decía que la fe mueve montañas. Yo creo que para llegar hace falta eso: fe”, sostiene.

Cada septiembre, cuando la columna parte desde El Galpón, los hijos de Roberto vuelven a ocupar el lugar que él dejó. Preparan la movilidad, reciben las pertenencias y acompañan a los caminantes hasta Salta. De esa manera, mientras los peregrinos cumplen sus promesas ante el Señor y la Virgen del Milagro, la familia Luna también cumple la suya; no dejar que la obra de su padre termine.


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