


La tarde salteña tuvo sabor a fútbol grande. Minutos después de las 16, el plantel de Boca Juniors aterrizó ayer en el aeropuerto Martín Miguel de Güemes y, como sucede cada vez que el equipo pisa el interior, la expectativa se trasladó rápidamente a las calles. Juan Román Riquelme encabezó la delegación y marcó la nota distintiva de la jornada; su presencia fue celebrada con la misma devoción con la que los hinchas siguen al equipo.


Desde la pista, el plantel subió al tradicional micro azul y oro que lo condujo hasta el hotel ubicado cerca del monumento a Güemes. A las 17.15, cuando el vehículo asomó por la avenida, la multitud que esperaba desde temprano estalló en aplausos y cánticos. Familias completas, chicos con camisetas recién compradas y banderas improvisadas dieron forma a un recibimiento que mezcló emoción y nostalgia, como en cada visita xeneize al norte.
Algunos jugadores se acercaron a saludar y firmaron autógrafos antes de ingresar al hotel, provocando el momento más buscado por quienes se agolparon sobre las vallas. El operativo de seguridad acompañó sin mayores sobresaltos, en una escena que ya es parte del paisaje cada vez que Boca sale de Buenos Aires.

La llegada del plantel volvió a confirmar lo que el club mueve en el interior, una pasión que trasciende distancias y que, aun en una escala breve, logra transformar por un rato la rutina de una ciudad. Salta no fue la excepción.


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