



En el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, el paso del tiempo no ha cerrado las heridas ni clausurado el debate. A medio siglo del golpe de Estado de 1976, los relatos siguen en construcción, atravesados por testimonios, investigaciones y miradas que buscan comprender un proceso histórico complejo y todavía inconcluso.
En ese marco, Darío Ibarra referente de la comisión de Derechos Humanos, estuvo como invitado en el piso de Spacio TV y desarrolló una exposición extensa sobre el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, apoyada en años de lectura, participación en instancias judiciales y contacto directo con familiares de desaparecidos de Metán y de otros puntos del país.


Desde el comienzo, Ibarra dejó en claro que la historia de la represión ilegal no puede reducirse a fórmulas rápidas ni a relatos livianos. Sostuvo que lo ocurrido fue mucho más profundo de lo que suele contarse y que muchas veces la simplificación responde, ya sea a la falta de tiempo o a los límites que, según planteó, imponen las estructuras institucionales sobre determinados temas. En ese sentido, remarcó que su trabajo estuvo vinculado no sólo a los casos de Metán sino también a testimonios recogidos durante los juicios de la megacausa Metán, en un período en el que debió recorrer provincias como Tucumán, Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires.

Allí, dijo, se encontró con sobrevivientes, familiares y víctimas indirectas de la persecución. Recordó especialmente a las Madres de Plaza de Mayo y señaló que muchas de las primeras mujeres que salieron a buscar a sus hijos también fueron perseguidas, asesinadas o desaparecidas. Para Ibarra, ese dato alcanza para mostrar que la represión no se limitó a quienes militaban, sino que se extendió sobre todo un entramado humano y familiar.
La desaparición como duelo interminable
Uno de los ejes más fuertes de su intervención estuvo puesto en el dolor que persiste en las familias. Según explicó, después de cincuenta años y de más de cuatro décadas de democracia, el miedo ya no es lo que predomina en quienes perdieron a un ser querido. Lo que aparece es otra cosa; la congoja, la pregunta que no se apaga, la idea de lo que podría haber sido esa vida truncada.
Ibarra sostuvo que, a lo largo de las entrevistas que realizó con familiares para reconstruir hojas de vida y aportar información en causas judiciales, siempre encontró el mismo fondo de dolor. Dijo que muchas familias ni siquiera se detenían en el costado político del familiar desaparecido, porque lo que se imponía por encima de todo era la pérdida. No era una discusión ideológica la que surgía primero, sino la ausencia.

En esa línea, consideró que la figura del desaparecido impuso una forma de sufrimiento particularmente cruel; la de la espera sin final. La falta de un cuerpo, de una sepultura, de una certeza material, convierte el duelo en algo suspendido. “Es una tortura infinita”, resumió durante la entrevista, al referirse a madres, padres, hermanos e hijos que durante años sostuvieron la esperanza de que el desaparecido volviera a cruzar la puerta de su casa.
También vinculó ese padecimiento con una tradición arraigada en la sociedad argentina; la necesidad de tener un lugar físico para despedir a los muertos. Señaló que, aun desde posturas personales alejadas de la fe, existe una formación cristiana occidental que moldea culturalmente la forma en que se vive el duelo. De allí que la inexistencia de una tumba, de un cuerpo o de una sepultura donde dejar una flor o prender una vela profundice el dolor. Ante esa falta, mencionó que para muchas familias apenas queda el Paseo de la Memoria como espacio simbólico.

El peso de la memoria en Metán
Durante la emisión se compartieron además mensajes de televidentes que aportaron escenas reales del horror en Metán. Una mujer recordó una imagen de infancia: su abuelo la llevó a ver una vereda cubierta de sangre, en la zona de calle 9 de Julio, y le dijo que aquello sería parte de una historia cruel. Ibarra relacionó ese relato con el asesinato del “Negro” Toledo y recordó que tanto él como su hermano Carlos fueron baleados, aunque uno de ellos sobrevivió.
Lejos de detenerse sólo en la persecución, Ibarra quiso subrayar qué hacían esas personas por las que luego fueron recordadas. Dijo que no se trataba únicamente de vecinos con ideas políticas, sino de hombres comprometidos con acciones concretas en los sectores más humildes; alfabetización, colectas de alimentos, abrigo y asistencia en barrios postergados. En esa descripción buscó rescatar no sólo lo que pensaban, sino también lo que hacían.
Otro mensaje de una vecina aludió a una bomba colocada por error en una vivienda distinta a la que habría sido el objetivo, en este caso Luis Euardo Rizo Patrón (1934-1976) docente, político peronista y diputado provincial salteñp, secuestrado y asesinado por la dictadura militar el 13 de julio de 1976. Ibarra confirmó esa historia y ubicó el episodio en el sector cercano a la plazoleta Güemes. También destacó que muchos de esos recuerdos persisten todavía hoy en quienes atravesaron aquel tiempo, incluso bajo formas silenciosas; miedo a autos detenidos frente a una casa, sobresaltos, marcas emocionales que no se borraron con la recuperación democrática.
El rol de la Iglesia en la represión
Consultado sobre la caracterización del golpe como cívico, militar y eclesiástico, Ibarra sostuvo que en Metán existen muchos relatos sobre personas que buscaron refugio o ayuda en ámbitos religiosos, aunque sin encontrar una respuesta efectiva. Explicó que la Iglesia, como institución, se mueve con una estructura orgánica y que, desde esa lógica, su comportamiento durante aquellos años no puede analizarse sólo desde casos aislados.
Pero fue más allá. En uno de los pasajes más duros de la entrevista, señaló que en la Argentina la Iglesia ocupó un lugar decisivo dentro del engranaje represivo, no únicamente por silencios o complicidades, sino también por la función que, según expresó, cumplió frente a los propios represores.
Ibarra sostuvo que la Iglesia “fue una pata muy importante” porque oficiaba “más o menos como de psicólogo para los represores”. Y apeló a una escena brutal para explicar esa idea; un represor que acababa de torturar a una mujer embarazada en la ESMA debía luego volver a su casa, sentarse a comer con su esposa y sus hijos, acostarlos y besarlos antes de dormir. Para Ibarra, esa capacidad de escindir la vida doméstica del horror represivo sólo podía sostenerse con algún tipo de justificación moral, espiritual o psicológica que lo contuviera.

Desde esa mirada, afirmó que allí la Iglesia operó como respaldo para la psiquis del genocida. Dijo que se les hacía creer que lo que estaban haciendo era una obra de bien, una misión necesaria frente a un supuesto enemigo sin Dios. Incluso mencionó casos de sacerdotes que, según relató, hablaban con detenidos y torturados, les pedían que confesaran sus pecados y hasta estaban presentes en ámbitos de tormento.
Para Ibarra, esa dimensión no suele ser mencionada con la profundidad necesaria, pero resultó central para comprender por qué insiste en hablar de un golpe cívico, militar y eclesiástico. Según planteó, la participación eclesiástica no fue accesoria; ayudó a sostener, justificar y acompañar desde lo moral una maquinaria criminal que necesitaba también una coartada espiritual para funcionar.
Historia, violencia y responsabilidad
En otro tramo de la entrevista, Ibarra abordó el contexto histórico que antecedió al golpe. Cuestionó la llamada teoría de los dos demonios y sostuvo que esa interpretación no alcanza para explicar lo sucedido. A su entender, la violencia política en la Argentina no comenzó en 1976, sino mucho antes, y mencionó como punto central el bombardeo a Plaza de Mayo de 1955, cuando las Fuerzas Armadas atacaron a su propio pueblo.
También repasó el cierre de ingenios en Tucumán, la pobreza, la organización política de sectores populares, la irrupción de la Triple A, el Operativo Independencia y la articulación represiva que luego desembocó en la dictadura. En ese marco, vinculó la represión con intereses económicos, empresariales y geopolíticos más amplios. Sostuvo que grandes firmas entregaron información sobre sus propios trabajadores y que, detrás de los gobiernos visibles, existieron siempre sectores de poder económico que marcaron el rumbo real del país.
Sobre el Operativo Independencia, fue tajante: lo definió como la antesala del golpe, el momento en que se ensayaron las prácticas represivas que luego se expandirían a escala nacional. Por eso consideró que no puede analizarse el 24 de marzo como un hecho aislado, sino como la culminación de un proceso previo.

Testimonios, debate y disputa por el sentido
La entrevista incluyó además mensajes de televidentes con posiciones diversas, incluso contrapuestas. Uno de ellos cuestionó que se justificara la violencia de las organizaciones armadas. Otro minimizó la palabra de Ibarra bajo el argumento de que no vivió esa época. El entrevistado respondió que el estudio histórico no depende de haber sido contemporáneo a los hechos, del mismo modo que nadie necesita haber vivido el cruce de los Andes para enseñar la campaña sanmartiniana.
También remarcó que hacia 1976 las organizaciones armadas ya estaban diezmadas y que la represión posterior no se dirigió sólo contra militantes, sino también contra hermanos, primos, amigos y personas sin participación directa. En su planteo, no hubo una guerra entre iguales, sino una persecución organizada desde el Estado contra una sociedad previamente debilitada.
Hacia el final, Ibarra definió el proceso de los años 60 y 70 como el intento de una parte del pueblo de sacarse de encima el dominio de los sectores más poderosos. Consideró que ese intento fracasó, incluso antes del golpe, y que la dictadura terminó de aplastarlo. Pero advirtió, al mismo tiempo, que la democracia posterior también silenció o relegó aspectos fundamentales de esa historia.

Una fecha que sigue interpelando
A casi medio siglo del golpe de Estado, la memoria sigue siendo en la Argentina un territorio en disputa. No sólo por la reconstrucción de los hechos, sino también por el sentido que se les asigna, por las responsabilidades que se nombran y por las voces que todavía buscan ser escuchadas.
La intervención de Darío Ibarra en Spacio TV volvió a poner en primer plano esa discusión. Lo hizo desde Metán, pero con una perspectiva que excede lo local; la del país que todavía arrastra sus muertos sin tumba, sus archivos incompletos, sus relatos enfrentados y su deuda con una verdad que, lejos de estar clausurada, todavía exige profundidad, contexto y memoria.


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