


Una familia gitana contó cuánto se paga por una novia y por qué prefieren hijos varones
Sociedad28/10/2026
Xiomara DíazEn la carpa de Perla, los colchones y las colchas se acomodan bajo un mosquitero. Hay un lugar para cocinar, otro para comer y reunirse, y afuera quedan el baño y el espacio donde se bañan. La familia vive en El Cedral, en las afueras de Orán, en el norte de Salta. Allí, los hijos crecen junto a sus padres y se espera que los varones permanezcan en la casa cuando formen pareja.
Perla tiene 42 años y todavía no es abuela. Conserva costumbres que aprendió de chica, aunque reconoce que muchas cosas cambiaron. Su hijo Juan cuestiona algunas de esas tradiciones, especialmente los matrimonios acordados por los mayores. Quiere que su hermana estudie y pueda elegir con quién estar. Ella quiere ser gendarme.
La historia fue recogida por Soy mi Tierra, que visitó a la familia en su vivienda. Perla y Juan contaron cómo viven, de qué manera se organizan los casamientos en su entorno y qué esperan para sus hijos y hermanos. Sus experiencias corresponden a una familia y a las prácticas que conoce, dentro de una comunidad en la que también existen otras formas de vida.


Vivir en la carpa
Perla conoce de memoria la distribución de cada cosa. Señala las camas, las mantas y el mosquitero que protege el lugar de descanso. Todos duermen allí y el espacio se acomoda de acuerdo con las necesidades de la familia.
Para comer, suele sentarse en el suelo con sus hijos más chicos. Coloca la bandeja, reúne los vasos y los nenes se ubican a su alrededor. Tienen mesas, pero ella prefiere hacerlo de esa manera.
“No es que nosotros estamos negados a la mesa”, aclara. Es una costumbre con la que se siente cómoda. Los varones, cuenta, a veces comen a la mesa mientras ella se queda con los chicos.
La carpa forma parte de la tradición familiar, aunque la falta de dinero también explica por qué siguen viviendo allí. Perla conoce familias gitanas que tienen casas y una situación económica distinta. Ellos no cuentan con esos recursos.
“No tenemos esos recursos para decir: sí, los tenemos para hacernos. No, por eso vivimos así como vivimos”, expresa.
El monte les proporciona parte de los alimentos. La familia menciona la caza de corzuelas, vizcachas y conejos, a los que llama “shoshoy” en su lengua.
Perla nació y se crio en la Argentina, al igual que sus hijos. En la casa les enseña el idioma familiar, al que llama “hungriano”, y procura que lo hablen desde chicos. La lengua, la convivencia y las formas de criar a los hijos son algunas de las costumbres que mantiene.
El dinero que se acuerda por una novia
Los matrimonios que describe Perla comienzan con una visita de la familia del pretendiente. Los padres se acercan a pedir la mano de la joven y, si hay acuerdo para avanzar, se reúnen los mayores.
Alrededor de una mesa larga, en una casa o en una carpa, se negocia el dinero. Se establece una suma, se discuten las condiciones y se acuerda una entrega inicial.
“Ahí se pelea el precio, se discute el precio”, explica.
La virginidad de la novia tiene un peso determinante en esos acuerdos, según cuenta Perla. “Por la mujer virgen se paga mucha plata”, afirma. Y agrega: “Están muy caras las gitanas”.
Como ejemplo, menciona un caso de su propia familia: “Mi papá la pagó 40 millones”.
La celebración se paga aparte. Perla habla de gastos que pueden ir de “30 a 50 millones” para el casamiento.
La novia se viste de blanco, lleva alhajas y se prepara una comida para los invitados. Perla también conserva una señal de su propio matrimonio: el pañuelo que usa en la cabeza.
“El anillo de nosotros es esto”, dice al señalarlo. En la costumbre que sigue, ese pañuelo identifica a la mujer casada, del mismo modo que una alianza.
Juan no quiere ese destino para su hermana
Juan rechaza los acuerdos que dejan la elección de una pareja en manos de los mayores. Dice que conoce compromisos y casamientos de chicas de entre diez y quince años y explica por qué se apartó de esas prácticas.
“Las casan, las venden a las gitanas”, sostiene.
No quiere que su hermana pase por lo mismo. Su intención es que termine sus estudios, pueda trabajar y decida por sí misma si quiere casarse y con quién.
“Ella tiene que estudiar, elegir con quién se va a casar el día de mañana”, afirma.
La chica le dijo que quiere ser gendarme y que no desea seguir algunas de las costumbres familiares. Juan considera que deben acompañarla, incluso si en el futuro elige una pareja que no pertenezca a la comunidad.
“Si ella no quiere estar con un gitano, no la vamos a obligar a estar con un gitano”, asegura.
Reconoce sus raíces, pero no cree que deba aceptar todo lo que recibió de los mayores. Para él, conservar el origen familiar no justifica imponer un matrimonio.
Perla también observa cambios. Conoce mujeres que formaron pareja con hombres de otros orígenes, tuvieron hijos y organizaron su vida de otra manera. Dice que ahora hay más libertad para separarse y volver a casarse, algo que contrasta con lo que recuerda de su infancia.
Por qué prefieren a los hijos varones
Perla expresa sin rodeos la diferencia que hace entre hijos e hijas.
“Los hijos varones para nosotros son bien sagrados”, dice. A las mujeres las llama “casas ajenas” y explica el motivo: “Se casan y se van”.
Según describe, las hijas dejan el hogar de sus padres para vivir con la familia del marido. Los varones permanecen junto a la madre y al padre y llevan a sus parejas a la vivienda familiar. Esa permanencia es la razón que da para explicar la preferencia por los hijos varones.
Ella espera que sus hijos se queden y ya sabe cómo podrían acomodarse. Si fuera necesario, instalarían una carpa más grande y dividirían los lugares de descanso con mosquiteros. Cada pareja tendría su sector y ella y su marido dormirían en otro.
Si llegaran dos nueras, prepararían dos espacios. La idea es seguir viviendo juntos, con una separación que les permita cierta privacidad.
Perla aclara que recibiría tanto a una nuera gitana como a una mujer de otro origen. “Sea criolla, sea gitana, no nos importa a nosotros”, asegura.
Para ella, lo principal es que los hijos sigan cerca y que los nietos crezcan en ese mismo hogar.
El primer nieto y el lugar de los abuelos
Aunque todavía no es abuela, Perla habla con entusiasmo de los nietos que espera tener. Cuenta que, dentro de la costumbre familiar, los abuelos asumen un lugar especial en la crianza del primer nieto varón.
“El primero lo agarramos nosotros”, explica. Enseguida aclara que no se trata de quitárselo a sus padres: todos seguirían viviendo juntos.
La madre lo atendería y el niño sabría quiénes son su padre y su madre, pero ella y su marido participarían de manera directa en su crianza.
“Mi marido y yo lo criamos”, dice.
Así imagina los próximos años: sus hijos con sus parejas, los nietos alrededor y la familia reunida. Asegura que hoy es feliz porque tiene a todos sus hijos con ella.
“No tengo la riqueza del mundo, pero ¿sabés qué tengo? La riqueza más grande del mundo, mi familia, mis hijos”.
Los castigos que recuerda de chica
Perla dice que su infancia fue difícil. Recuerda restricciones para las mujeres y castigos contra quienes se apartaban de las decisiones familiares, especialmente si se iban con un hombre que no era gitano.
Según relata, podían golpearlas, cortarles el cabello y obligarlas a casarse. Cuenta que se buscaba a un hombre muy pobre para imponerles ese matrimonio como parte de la sanción.
El cabello tenía un valor especial para las mujeres de su entorno. Cortarlo era una forma de castigarlas por haber desobedecido.
Perla ubica esas situaciones en el pasado que conoció. Afirma que hoy ve otras posibilidades: mujeres que eligen pareja, se separan, vuelven a casarse o forman una familia fuera de la comunidad.
También menciona cambios en las salidas y en la relación con otras personas. Habla de mujeres que van a bailar, de amistades fuera del círculo familiar y de un contacto más frecuente con quienes antes quedaban lejos de su vida cotidiana.
El celular es uno de los ejemplos que utiliza. Antes no lo tenían; ahora les permite comunicarse y mantener otros vínculos. “Estamos modernizados”, resume.
Juan, de todos modos, considera que todavía hay costumbres que deben cambiar. Por eso insiste en la educación de su hermana y en que las decisiones sobre su futuro le pertenezcan.
Las miradas de desconfianza
La familia asegura que sufre discriminación cuando sale a comprar. En negocios y supermercados, dice, percibe desconfianza apenas la reconocen como gitana.
“Nos miran mal, nos discriminan”, señalan.
Perla conoce los prejuicios que pesan sobre su comunidad. Al hablar de esa mala fama, menciona las estafas que atribuye a algunas personas y sostiene que prefiere vivir con pocos recursos antes que conseguir dinero de esa manera.
“Prefiero ser pobre y no hacer esas cosas”, afirma.
Pero rechaza que se juzgue a todos por igual. “Hay gitanos buenos y malos”, dice, y recuerda que recibieron en su casa a una persona que no conocían y le permitieron ver cómo viven.
Le interesa contar sus costumbres sin exagerarlas. También reconoce diferencias con otras familias gitanas, tanto en las posibilidades económicas como en las formas de vivir y de relacionarse.
Perla espera que sus hijos permanezcan cerca cuando se casen. Juan quiere que su hermana pueda estudiar para ser gendarme. Sobre eso no deja dudas: “Tenemos que respetar sus decisiones”.


La gestión de Pérez suma una nueva etapa de obras de agua en General Pizarro

Cuarto grado visitó a Issa: una charla sobre el trabajo de gobernar Metán





Boca Juniors viaja a Barranquilla: ¿cuanto cuesta un pasaje para ver la final de la Sudamericana?

"Chepi" Díaz denunció que no aparecen los papeles de la compra de una pala cargadora

Intentaron huir de un control y uno quedó detenido con marihuana en González

Afirman que Flávio Bolsonaro viajó a Estados Unidos y pediría asilo político a Trump

Los contrató para desmalezar: eran los gendarmes que lo buscaban en Metán








