


El pesebre viviente vuelve a reunir a Metán en una tradición que atraviesa generaciones
Xiomara Díaz
En el calendario cultural y religioso de Metán hay expresiones que no siguen modas ni responden a coyunturas. Se sostienen en el tiempo y pasan de generación en generación. El pesebre viviente es una de ellas. No es solo una representación navideña, sino una práctica comunitaria donde se encuentran la fe, la memoria y la participación de los vecinos, y que ha logrado mantener su sentido a lo largo de los años.
Los registros periodísticos conservados en el Archivo Histórico de San José de Metán, permiten reconstruir cómo, a mediados de los años setenta, esta puesta en escena convocaba a vecinos de distintos puntos de la ciudad. Aquellas experiencias, impulsadas desde la parroquia San José con el acompañamiento de organizaciones laicas y religiosas, reflejaban una comunidad movilizada en torno a una celebración que iba más allá del rito: era un punto de encuentro, de pertenencia y de identidad compartida.
Con el paso del tiempo, el contexto social cambió, pero el pesebre viviente mantuvo su lugar en la vida metanense. Hoy, como ayer, la iniciativa vuelve a reunir a familias, niños, jóvenes y adultos que asumen distintos roles para dar forma a una escena que todos reconocen. La participación de grupos parroquiales, espacios catequísticos y expresiones culturales locales demuestra que la tradición no quedó anclada en el pasado, sino que se resignifica sin perder su esencia.


En una época marcada por la inmediatez y el consumo rápido de contenidos, la persistencia de este tipo de manifestaciones ofrece una lectura distinta del presente. El pesebre viviente propone una pausa, una mirada colectiva hacia una historia compartida y un lenguaje simbólico que sigue siendo comprensible para distintas generaciones. No hay estridencias ni espectacularización; hay trabajo comunitario, compromiso y continuidad.
Así, el pesebre viviente de Metán se consolida como un patrimonio intangible que une lo religioso con lo cultural y lo histórico con lo cotidiano. No es solo una escena del pasado que se repite, sino una práctica viva que reafirma valores, fortalece vínculos y recuerda que la identidad de una comunidad también se construye en estos gestos sencillos, sostenidos en el tiempo.



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