Trump y el viejo reflejo imperial

La figura de Maduro, cuestionada dentro y fuera de Venezuela, no debería nublar el análisis de fondo. Porque una cosa es condenar un régimen autoritario y otra muy distinta es naturalizar la ocupación y el control extranjero

Opinión04/01/2026José Alberto CoriaJosé Alberto Coria
Trump

Las declaraciones de Donald Trump tras la detención de Nicolás Maduro no solo sacudieron a Venezuela. Volvieron a encender una alarma conocida en toda América Latina: la idea de que Estados Unidos puede decidir, intervenir y gobernar países ajenos bajo el argumento del orden, la seguridad o la democracia.

Hablar de que “Estados Unidos gobernará Venezuela hasta que haya una transición”, celebrar un operativo militar como “el mayor ataque desde la Segunda Guerra Mundial” y anunciar una eventual “segunda ola de ataques” no es solo retórica de campaña ni exceso verbal. Es la reafirmación explícita de una doctrina que la región conoce demasiado bien: la del poder que se arroga el derecho de intervenir cuando considera que un país no encaja en su esquema.

La figura de Maduro, cuestionada dentro y fuera de Venezuela, no debería nublar el análisis de fondo. Porque una cosa es condenar un régimen autoritario y otra muy distinta es naturalizar la ocupación y el control extranjero. Cuando Trump habla de dominio en el hemisferio sur, de reconstruir la industria petrolera con inversiones estadounidenses y del ingreso de petroleras norteamericanas, el discurso deja de ser humanitario y pasa a ser abiertamente geopolítico y económico.

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La historia latinoamericana está plagada de episodios similares: intervenciones justificadas en nombre del orden que terminaron dejando países más dependientes, más fragmentados y con soberanías debilitadas. Por eso, el mensaje no inquieta solo a Caracas. Interpela a toda la región.

Trump se presenta como un líder “basado en la paz”, pero sus palabras describen otra cosa: la paz entendida como sometimiento, como control militar y político. No es un detalle menor que se hable de quedarse “el tiempo que sea necesario”, ni que se anuncien juicios en Nueva York para un mandatario extranjero capturado fuera del territorio estadounidense. Es un mensaje al mundo: el poder decide, el resto acata.

En este contexto, la pregunta que queda flotando no es solo qué pasará en Venezuela. La pregunta incómoda es otra: ¿qué margen real tienen hoy los países del sur para decidir su destino sin tutelajes externos? ¿Y cuántas veces más se repetirá este libreto con distintos nombres y distintos escenarios?

La intervención directa, aunque se vista de justicia o reconstrucción, no deja de ser intervención. Y cuando las grandes potencias vuelven a hablar de gobernar otros países, América Latina haría bien en escuchar con atención. Porque ya conoce el final de esa historia.

Por José Alberto Coria

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