


Gobernar un pueblo no es solo administrar recursos. Es convivir con los miedos, las pérdidas y las esperanzas de la gente. En El Galpón eso se vive de cerca, sin intermediarios.


A Federico Sacca le tocó una gestión atravesada por situaciones límite. No por elección, sino por destino. El sismo de 2015, que sacudió no solo paredes sino certezas: familias que salieron a la calle, vecinos durmiendo afuera a la siguiente noche por miedo a volver a sus casas. Ahí no había balances ni discursos, había gente asustada esperando respuestas, y a Federico le tocó la parte más dura; reconstruir un pueblo.
Después llegó la pandemia. Otra vez decidir en soledad, con presión y con críticas. Cerrar el pueblo para cuidar la salud fue una medida dura, antipática para algunos, pero pensada desde la protección. Incluso cuando eso implicó enfrentarse a intereses económicos y restringir el ingreso de trabajadores provenientes de Tucumán, en momentos de alto nivel de contagios. No fue cómodo. Fue responsable.
Hoy, la historia suma un nuevo golpe: una inundación que dejó a muchas familias con lo puesto. Y otra vez aparece el mismo reflejo: estar. Cuando la inundación golpeó a El Galpón, la reacción no empezó al amanecer sino en plena madrugada. A las 3 de la mañana de aquel viernes 6 de enero, con más de 200 milímetros de lluvia cayendo, Federico Sacca ya seguía minuto a minuto los reportes sobre el avance del agua. A las 6, activó el Comité de Crisis y convocó a todo el equipo al Complejo Deportivo Municipal, que se transformó en centro operativo.
Desde allí articuló con el gabinete municipal, el hospital local, la Policía y los Bomberos. Primero, asistir y evacuar a las familias en riesgo. En paralelo, coordinar tareas para facilitar el drenaje del agua y reducir el impacto. Fue una mañana donde no hubo escritorio ni protocolo, solo urgencia y decisiones.
Así en los días sucesivos, con equipos municipales y provinciales trabajando hasta la noche, entregando camas, colchones, frazadas, almohadas, alimentos, agua, calzados y medicamentos. La ayuda llegó y sigue llegando.

Se puede discutir si alcanza. En una tragedia nunca alcanza. Pero no se puede decir que hubo abandono. Y también hay que decirlo con honestidad: un municipio puede acompañar, asistir y gestionar, pero no puede reemplazar todo lo que una familia pierde. Confundir límites reales con desinterés es injusto.
Hay además un aspecto que muchos galponenses conocen bien y casi no se visibiliza: cuando surgen conflictos laborales, incluso en el sector privado, aparece Sacca intentando mediar. Escuchando, acercando posiciones, buscando que nadie quede tirado en la banquina. No siempre se logra todo, pero la presencia está.
Detrás del intendente hay una persona. Un padre, un esposo, un hijo. Alguien que también siente el peso de cada crítica, sobre todo cuando sabe que su equipo deja todo, sin horario, en momentos donde el desgaste es enorme.
En los pueblos la gente no vota relatos. Vota memoria. Y quizás por eso, elección tras elección, el acompañamiento supera el 60%. No es casualidad: es el resultado de haber estado cuando más se lo necesitaba.
Porque un intendente no puede evitar terremotos, pandemias o inundaciones. Pero sí puede decidir no mirar para otro lado. Y en El Galpón, muchos sienten que su intendente eligió -una y otra vez- atravesar la tormenta junto a su gente.



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