
Editorial | Ante el Foro Económico Mundial, el Presidente ratificó su alineamiento con el libre mercado, atacó al socialismo y presentó a la Argentina como ejemplo de cambio, en un discurso más ideológico que diplomático.

El 2026 será un año de evaluación. No de fe ciega ni de rechazo automático. De hechos. Porque después de tanto saqueo y tantas promesas rotas, la sociedad aprendió algo clave: la esperanza puede renovarse, pero no se regala.
Opinión03/01/2026
José Alberto Coria
La Argentina llega a 2026 después de muchos años de desgaste, con un Estado que fue saqueado sin pudor, administrado con lógica de botín y sostenido por una dirigencia que, en demasiados casos, confundió gestión con privilegio. No fue patrimonio de un solo signo político: pasaron gobiernos, pero quedaron las mismas prácticas. Y el resultado está a la vista.


Ese pasado reciente explica buena parte del cansancio social. La gente no sólo está agotada por la inflación o la pobreza: está agotada de haber sido usada. De ver cómo el esfuerzo propio se diluía mientras el Estado se agrandaba para pocos y se volvía ineficiente para muchos.
En ese contexto, el actual Gobierno llegó con una promesa fuerte: ordenar lo que otros desordenaron, cortar privilegios y poner límites donde antes había descontrol. Para una parte importante de la sociedad, eso generó expectativa. No entusiasmo ciego, pero sí la idea de que, esta vez, el ajuste podía tener un sentido distinto.
La expectativa para 2026 está puesta ahí: en que el sacrificio no sea eterno ni unilateral. Que el orden macroeconómico no se convierta en un fin en sí mismo, sino en una herramienta para mejorar la vida cotidiana. Porque la gente entiende que no hay soluciones mágicas, pero también sabe que la paciencia no es infinita.
Los argentinos esperan señales concretas. Que el Estado deje de ser una carga y empiece a ser un respaldo. Que el esfuerzo llegue también a la política. Que el que trabaja vea resultados. Y que el que produce no sea castigado por hacerlo.
Nadie pide volver atrás. Pero tampoco hay un cheque en blanco. La expectativa existe, sí, pero viene con una condición clara: que esta vez valga la pena. Que el rumbo tenga destino. Que el ajuste no sea permanente. Y que la reconstrucción no quede, otra vez, en discurso.
El 2026 será un año de evaluación. No de fe ciega ni de rechazo automático. De hechos. Porque después de tanto saqueo y tantas promesas rotas, la sociedad aprendió algo clave: la esperanza puede renovarse, pero no se regala.

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