

Cuatro bailarines del sur salteño buscan la final del Malambo en Laborde
Xiomara Díaz
Metán atraviesa por estos días una de esas pausas cargadas de sentido. La espera de los resultados que definirán el pase a la final del Festival Nacional del Malambo de Laborde no es sólo la antesala de una competencia; es el punto visible de un proceso cultural que lleva años gestándose en silencio. El próximo sábado, si el veredicto acompaña, cuatro jóvenes del sur salteño estarán disputando un título que en el universo del folclore equivale a una consagración.
Leonel Coronel, Francisco Torres Cazón, Martín Palma y Bruno Valdiviezo, integrante rosarino de una formación radicada en Metán, llegaron a Córdoba como parte de la Academia Municipal Raíces Salteñas. Su presencia en Laborde se inscribe dentro de una participación más amplia de bailarines locales que atravesaron instancias selectivas, escenarios exigentes y jornadas de competencia donde la técnica, la resistencia y la identidad no se negocian.



El Festival Nacional del Malambo no es un evento más del calendario. Es un espacio donde confluyen las principales escuelas del país, donde el rigor coreográfico convive con la tradición oral, y donde cada delegación expone no sólo destreza física, sino concepciones estéticas, metodologías de formación y lecturas contemporáneas de un lenguaje que nació en el ámbito rural. Llegar hasta allí supone algo más que talento, exige continuidad, inversión, gestión y una red de acompañamiento que sostenga el trayecto.
La presencia de Metán en ese ámbito expresa un corrimiento respecto de otros tiempos. Durante décadas, la danza fue en muchas localidades un patrimonio doméstico, limitado a celebraciones locales o instancias escolares. Hoy, los jóvenes de Raíces Salteñas ingresan a circuitos donde se evalúa excelencia, donde se dialoga de igual a igual con academias históricas y donde cada presentación es observada por jurados especializados.

Detrás de los minutos de escenario se alinean años de trabajo invisible; rutinas de entrenamiento, correcciones técnicas, viajes, gestión de recursos, vestuario, musicalización, preparación física y acompañamiento familiar. En ese entramado se articula un modelo cultural que deja de ser espontáneo para convertirse en política concreta de formación artística.
La expectativa que hoy se concentra en cuatro nombres también ilumina un colectivo más amplio; niños, adolescentes y jóvenes que encontraron en la danza un espacio de pertenencia y disciplina; profesores que sostienen procesos a largo plazo; familias que acompañan; instituciones que comienzan a comprender que la cultura no es un decorado, sino una construcción.

Laborde opera, en este contexto, como un espejo de alcance nacional. Allí se observa qué se produce, cómo se enseña y qué proyección tienen los territorios que apuestan a sus artistas. Que Metán esté presente —y que lo esté con posibilidades reales de disputar instancias decisivas— habla de un cambio cualitativo en su escena cultural.
Más allá del resultado que se conocerá en las próximas horas, lo que ya quedó establecido es un hecho; el malambo dejó de ser una expresión aislada para consolidarse como proyecto. Y en ese tránsito, una generación empieza a escribir una página que excede la competencia y se inscribe en la historia cultural de la ciudad.


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