

El Galpón: la historia nunca contada del día que el agua llegó al cuello de una familia
Sociedad15/02/2026
Xiomara Díaz
El fin de semana pasado en El Galpón, mientras el río Juramento avanzaba sin pedir permiso sobre la ribera y los puestos precarios levantados a su vera, hubo escenas que no llegaron a verse completas. Las imágenes del agua desbordada circularon rápido. Lo que quedó fuera de cuadro fue el esfuerzo físico, la tensión y el silencio posterior de quienes ingresaron cuando otros intentaban salir.
Los efectivos de la División Lacustre y Fluvial – El Tunal habían comenzado la jornada temprano, con tareas de evacuación en distintos sectores anegados de El Galpón. “Evacuar”, explican en dialogo con Expresión del Sur, no es un concepto abstracto; es cargar a una persona mayor en una balsa, atravesar calles convertidas en canales y dejarla en un punto seguro para su traslado al complejo municipal acondicionado como centro de emergencia. Es responder a quien golpea una ventana pidiendo ayuda. Es volver a ingresar.
El llamado que cambió el operativo
Cerca de las 10.45, el aviso del 911 cambió la escala del operativo; dos personas se encontraban atrapadas en la zona conocida como “la chanchería”, en puestos ubicados a la vera del río. El suboficial principal Rolando Mercado advirtió en su celular una llamada perdida. Del otro lado, Mayra Olivera suplicaba que los rescataran. El agua le llegaba al cuello. Estaba junto a su padre, un hombre de alrededor de 60 años con problemas de salud. También había animales; un perro de gran porte, una ternera joven y ganado que formaba parte de su sustento.



La balsa no era opción. El caudal arrastraba árboles y ramas; ingresar por el cauce principal implicaba perder equipo y arriesgar vidas. Bajo la supervisión del subcomisario Santos Martínez, jefe de la División, el grupo —integrado por Mercado, Nelson Beltrán, el sargento Facundo Valdéz y el sargento Daniel Chauque— decidió avanzar por un sector más bajo, a través de cercados y corrales, para ganar terreno desde tierra firme.
Cada metro contra la corriente
El trayecto superaba el kilómetro. El agua subía de la cintura al pecho. La corriente empujaba. Se aferraban a ramas con espinas que lastimaban manos y piernas. Iban equipados con chalecos, bolsas de rescate y sogas. “Cada metro era pelear contra el agua”, describen.
Tardaron entre treinta y cuarenta minutos en aproximarse al punto donde la joven resistía abrazada a su perro.
Una escena crítica
La escena, reconstruyen, era crítica; la mujer sostenía al animal mientras buscaba afirmarse en lo que encontraba a su alcance. El padre, exhausto, había olvidado su medicación para la diabetes. El entorno mostraba animales muertos flotando y otros intentando subirse a techos improvisados.
En ese contexto, el equipo aplicó una maniobra de péndulo con soga asegurada a ambos márgenes para cruzar uno por uno.
El cruce y el llanto
Primero pasaron la ternera. Luego la joven, con chaleco y sujeción firme. Después el padre. El perro fue asegurado. El cruce demandó casi una hora. En tierra firme, el reencuentro con familiares desató llanto y abrazos. “Estamos vivos”, repetían. Los policías apenas tenían aliento. No habían comido ni bebido desde el ingreso.

Minutos después, otro alerta los convocó: un hombre apodado “el peruano” había quedado sobre un árbol tras ser arrastrado por la correntada. Volvieron a organizar comisión. El operativo se extendió por más de dos horas adicionales. Cuando el intendente Federico Sacca y el ministro de Seguridad arribaron al lugar, encontraron a los efectivos exhaustos, con golpes y cortes visibles. Aun así, preparaban un nuevo ingreso.
El oficio y el desgaste
En sus palabras no hay épica declarada, pero sí una definición clara del oficio. Señalan que el entrenamiento en natación, rescate y técnicas de zafadura —maniobras para evitar que una persona en pánico arrastre al rescatista bajo el agua— es permanente. Sostienen que no se improvisa cuando la corriente empuja. Que la vocación no excluye el miedo, pero lo administra.
También admiten el desgaste invisible. Han intervenido en accidentes, autopsias, sumarios y rescates de cuerpos a varios metros de profundidad. “Eso queda”, reconocen. La contención, dicen, comienza en la familia y se refuerza en el equipo. El profesionalismo, agregan, no es un discurso; es una exigencia cotidiana.

Lo que queda cuando baja el agua
La crecida del Juramento retrocederá. Las marcas en las piernas sanarán. En la memoria de una hija y un padre quedará la certeza de haber sido escuchados cuando el agua les llegaba al cuello. En la ribera de El Galpón, la historia de ese día circulará como tantas otras que no suelen ocupar titulares extensos.
Son relatos que hablan de una función que muchos discuten y pocos conocen en detalle. Cuando la emergencia desborda, no hay margen para el cálculo. Se ingresa o no se ingresa. Ese fin de semana, ingresaron.


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