


En La Ranchería, una colonia rural de El Quebrachal, Noemí Margarita Rojas Jiménez vuelve a ocuparse de su casa, sus plantas y los animales que cría junto a su familia. Tiene 63 años y todavía mide cada esfuerzo. Hace poco estaba en una silla de ruedas, sin poder caminar ni hablar. En ese momento preparaba nuevamente la celebración dedicada a la Virgen de Huachana.
Según relató, permaneció cinco meses en terapia después de una operación en la cabeza. De aquellos días conserva recuerdos incompletos. Cuando recuperó la conciencia, entendió que debía comenzar otra vez: mover las manos, sostenerse, comer por sus propios medios y recuperar el habla. En silencio, cuenta, se encomendó a la Virgen y renovó una promesa que acompaña a su familia desde hace décadas.



La entrevista y el material audiovisual pertenecen a Cambá POR AHÍ! y fueron registrados antes de la celebración de la Virgen de Huachana, en Santiago del Estero. El equipo llegó hasta la casa de Noemí para conocer el santuario, recorrer el predio y escuchar su testimonio.
“Cuando me desperté, lo único que dije fue: ‘Gracias a mi Dios y a la Virgen de Huachana, estoy viva’”, recordó. No presenta su recuperación como un proceso sencillo. Habla del dolor, de los meses de internación y del temor a regresar al médico. También reconoce que aún debe avanzar despacio.

En ese tiempo, cuando no podía expresarse con palabras, asegura que rezaba mentalmente. Le prometió a la Virgen continuar con la fiesta y cuidar el lugar que levantó junto a su familia. Cuando fue entrevistada, estaba ocupada en los preparativos; reparar los hornos, limpiar el terreno, recuperar las plantas y dejar en condiciones el espacio donde se reúnen los visitantes.
Noemí no espera sentada. Mientras conversa, señala lo que falta hacer y reparte tareas entre su marido y sus hijos. Una pared necesita pintura. Uno de los hornos debe ser reparado. Hay plantas que no resistieron el calor durante su ausencia. La tarima donde actúan los músicos también requiere algunos arreglos.
“Ahora estoy yo”, dice, como quien anuncia que volvió a hacerse cargo de su lugar.
Una fiesta construida por la familia
El santuario nació hace más de cuatro décadas, cuando uno de sus hijos todavía era pequeño. Noemí recuerda que debieron organizar rifas y buscar distintas maneras de reunir dinero para levantarlo. Nada apareció resuelto de un día para otro. Cada mesa, cada imagen y cada rincón fueron sumándose con el trabajo de la familia y los aportes de quienes acompañaron la celebración.
Allí conserva varias advocaciones religiosas. Junto a la Virgen de Huachana hay una imagen de la Virgen de Luján y otras figuras que recibió como regalo. También guarda agua bendita y objetos dejados por sacerdotes que visitaron el paraje.
La fiesta reúne a vecinos, familiares, músicos y devotos. Algunos llegan para rezar; otros colaboran con la cocina, la limpieza o los preparativos. Después aparecen el mate, las conversaciones y la comida compartida. En esa parte del Chaco salteño, la ceremonia religiosa también conserva una antigua costumbre rural: abrir la casa y ofrecer lo que se tiene.

Para recibir a la gente, la familia prepara carne y utiliza los hornos construidos en el terreno. Los cerdos y las gallinas que crían no forman parte de un emprendimiento comercial. Noemí explicó que los animales son destinados al consumo familiar y a la comida que se sirve durante la celebración.
Hasta su enfermedad, esa rutina era parte de su vida cotidiana. La internación dejó la casa sin su presencia y alteró los preparativos. Al regresar encontró plantas secas, sectores deteriorados y tareas acumuladas. Su respuesta fue comenzar por lo posible.
“De a poco voy comenzando”, resume.
Una devoción nacida durante otra internación
La relación de Noemí con la Virgen de Huachana comenzó mucho antes de su propia operación. Uno de sus hijos sufrió un accidente y permaneció cinco días inconsciente. Fue entonces cuando, según contó, empezó a encomendarse con mayor frecuencia a esa advocación mariana.
Años después, mientras ella estaba internada y no podía hablar, regresó a aquellas oraciones. Desde su mirada religiosa, la posibilidad de volver a caminar y comunicarse está unida a la promesa que hizo durante esos meses. La medicina explica el tratamiento y la rehabilitación; Noemí cuenta cómo vivió ese proceso desde la fe. Son planos distintos que en su relato conviven sin conflicto.
Su recuperación tampoco borra lo ocurrido. Habla de sufrimiento, de dependencia y del cuidado recibido por parte de sus hijos. Pero no se queda demasiado tiempo en esos recuerdos. Prefiere mostrar los animales, comprobar si los hornos funcionan y explicar cómo piensa recibir a los peregrinos.

La cercanía de la festividad volvía urgente cada tarea. Desde distintos puntos de la región, numerosos devotos comenzaban a caminar hacia Huachana alrededor del 24 de julio. Mientras algunos partían rumbo a Santiago del Estero, Noemí se quedaba en La Ranchería para mantener vivo su propio lugar de oración y preparar la visita de la imagen.
Una vida de trabajo desde la infancia
La historia del santuario no puede separarse de la vida de su fundadora. Noemí nació y creció en esa zona del Chaco salteño. Es hija de padre salteño y madre santiagueña. Cursó hasta tercer grado y aprendió a leer y escribir con las limitaciones propias de una infancia rural marcada por el trabajo.
Desde muy chica acompañó a su padre en la siembra. Trasplantaba tomates, cebolla, batata, pimiento y lechuga. También trabajó con pala y machete, juntó algodón, cortó leña y participó en otras tareas del campo.
El agua no llegaba hasta las viviendas. Para buscarla debía caminar con tachos y bidones de 20 litros sobre la cabeza. Cuando tocaba lavar la ropa, la familia se trasladaba hasta el río. Eran obligaciones cotidianas, asumidas desde edades que hoy resultarían difíciles de imaginar.
“Antes dejábamos de estudiar y nos llevaban a trabajar”, recordó.

También salía al monte junto a sus tres hermanos varones. Buscaban leña, algarroba y alimentos. En aquellos años, contó, la vegetación rodeaba toda la colonia. Con el avance de la actividad agropecuaria, buena parte de ese paisaje fue reemplazado por campos cercados y sectores destinados al ganado.
Noemí observa esas transformaciones desde el mismo sitio donde pasó toda su vida. Allí formó su familia, crió a sus hijos y vio crecer a sus nietos. Su manera de hablar conserva expresiones del campo y una memoria precisa de trabajos, distancias y costumbres que fueron cambiando.
Un santuario que Noemí quiere dejar a la comunidad
La celebración de la Virgen no es, para ella, una ceremonia privada. Aunque el santuario se encuentra dentro del terreno familiar, insiste en que debe ser cuidado por todos. Les pide a los vecinos que no rompan las instalaciones, que colaboren con la limpieza y que planten árboles o flores.
“No es tan solo mío. Le digo a la gente que lo cuide, que venga a ayudarme”, señaló.
Ese pedido es una preocupación que va más allá de la próxima fiesta. Noemí piensa en el futuro del lugar, en lo que ocurrirá cuando ella ya no pueda atenderlo y en la responsabilidad que deberán asumir sus hijos y los vecinos. Su deseo es que el santuario permanezca abierto y que la reunión continúe.
Después de cinco meses en terapia y de una recuperación que todavía no terminó, volvió a caminar por el terreno donde se resume buena parte de su vida. Revisa los hornos, alimenta a los animales, mira las plantas que sobrevivieron y enumera los arreglos pendientes.
De regreso en su casa, Noemí retomó las tareas que durante meses no pudo realizar. En La Ranchería, mientras los peregrinos se disponían a partir hacia Santiago del Estero, comenzaba otra vez: despacio, de pie y con una fiesta por organizar.






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