

Pizarro y la puerta giratoria que no se frena en la comisaría
José Alberto Coria
El debate abierto en General Pizarro por la inseguridad no es menor ni aislado. El pedido del intendente para el recambio de la cúpula policial expuso una preocupación legítima de la comunidad, pero también dejó al descubierto una verdad incómoda que muchos vecinos vienen repitiendo sin eufemismos: el problema no termina en la comisaría.
En los comentarios, en las charlas de barrio y en las redes, la frase se repite como un eco: “entran y salen”. No es una consigna ideológica ni una defensa corporativa de la policía. Es la percepción cotidiana de una sociedad que ve cómo los delitos se reiteran, los nombres se repiten y las respuestas no llegan. Y cuando eso ocurre, la mirada se corre inevitablemente hacia el sistema judicial.
En Pizarro -como en tantos pueblos del interior- la policía es apenas el primer eslabón. Puede haber más o menos presencia, más o menos recursos, mejores o peores decisiones operativas. Pero si detrás no hay fiscales que investiguen con firmeza ni jueces que actúen con el mismo compromiso que exige la realidad, el mensaje que baja a la sociedad es demoledor: nada pasa.


La Fiscalía, como órgano del Ministerio Público Fiscal, tiene un rol central. No es un actor secundario. Es quien impulsa la acción penal, quien decide qué avanza y qué se frena, quién define si una causa se fortalece o se diluye. Mirar para otro lado, minimizar los hechos o naturalizar la reincidencia no es neutralidad: es parte del problema.
Lo mismo vale para el Poder Judicial. La inseguridad no se combate solo con patrulleros ni con cambios de destino. Se combate con decisiones, con presencia, con seguimiento de las causas y con una clara señal de que delinquir tiene consecuencias. Cuando esa señal no aparece, la prevención se debilita y la impunidad se instala.
El reclamo social de Pizarro no es contra la policía, ni siquiera exclusivamente contra un intendente. Es un reclamo al sistema en su conjunto, pero con un foco claro: la Justicia no puede seguir ausente del debate. No puede actuar como si la inseguridad fuera un problema ajeno o exclusivo del Ejecutivo.
Si los detenidos salen rápido en libertad, si las causas no prosperan, si el delito se repite, entonces hay responsabilidades que deben asumirse. Porque en pueblos chicos, donde todos se conocen, la falta de respuestas judiciales no solo genera miedo: rompe la confianza social.
Pizarro puso el tema sobre la mesa. Ahora es tiempo de que la Fiscalía y el Poder Judicial también den la cara. La inseguridad no se resuelve mirando para otro lado.



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