Padre Castillo: “El Estado no puede dar como salida quitar una vida”

Sociedad01/04/2026Xiomara DíazXiomara Díaz

PADRE CARLOS

El debate sobre la eutanasia volvió a instalarse con fuerza a partir del caso de Noelia Castillo, una joven española que había solicitado ese procedimiento y de las repercusiones políticas, jurídicas y sociales que generó su historia. En paralelo, en la Argentina también comenzaron a circular proyectos legislativos vinculados a esta práctica, lo que reavivó discusiones de fondo sobre el derecho a decidir, el rol del Estado, el alcance de la medicina y los límites éticos frente al sufrimiento humano.

En ese contexto, una de las voces que se sumó al análisis fue la del presbítero Carlos Castillo, párroco de la ciudad de Metán y especialista en bioética, quien abordó el tema desde una perspectiva filosófica, médica, humana y también pastoral. Lo hizo en una semana de especial significado para el mundo católico, atravesada por la celebración de la Semana Santa y la cercanía de la Pascua, aunque dejó en claro que no quiso dejar pasar una discusión que hoy interpela a muchas familias y expone preguntas sobre el sentido de la vida, el dolor y la muerte.

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Castillo estuvo en los estudios de Spacio TV, donde desarrolló una extensa reflexión sobre la eutanasia como dilema bioético y advirtió que se trata de una cuestión que no puede reducirse a consignas ni a posturas cerradas. Según explicó, la bioética no consiste en juzgar personas sino en analizar procedimientos y decisiones que comprometen a la vida humana, a la medicina, al Estado y a la sociedad en su conjunto.

Consultado sobre el aparente cruce entre religión y ciencia, el sacerdote señaló que, cuando es convocado a hablar de bioética, procura no hacerlo solamente desde la fe. Explicó que la Iglesia tiene una doctrina amplia y consolidada sobre el inicio y el final de la vida, pero sostuvo que estos temas deben ser discutidos también desde la filosofía, la ética y la experiencia concreta de quien sufre, sea creyente o no. En ese sentido, remarcó que el punto de partida debe ser siempre la dignidad de la persona humana.

Para Castillo, la eutanasia no puede analizarse como un asunto sencillo ni lineal. Por el contrario, la definió como un “dilema bioético” precisamente porque obliga a ponderar situaciones complejas, atravesadas por el dolor, la fragilidad y la desesperación. En ese marco, introdujo una distinción que consideró central: la diferencia entre dolor y sufrimiento. Dijo que el dolor forma parte de la experiencia humana y nadie puede elegirlo, mientras que el sufrimiento aparece como una respuesta subjetiva frente a ese dolor, una elaboración que puede profundizarse o transformarse.

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A partir de esa idea, sostuvo que el centro del debate no debería estar únicamente en la decisión final de una persona, sino en el recorrido previo que la llevó a sentir que su vida había perdido sentido. En referencia al caso que motivó la discusión pública, planteó que lo verdaderamente grave no es solo la situación extrema de quien pide morir, sino que la sociedad llegue a considerar como salida la eliminación de una vida. Según su mirada, allí se juega una señal cultural de fondo.

Durante la entrevista, también apuntó a un cambio de época marcado, a su entender, por la pérdida de horizontes colectivos, de proyectos trascendentes y de sentido vital. Señaló que ni el éxito, ni el dinero, ni el reconocimiento garantizan una vida plena, y mencionó que el sufrimiento no siempre deriva de la enfermedad o de la pobreza, sino muchas veces de una existencia vaciada de propósito. En esa línea, afirmó que el problema de fondo no radica solo en el padecimiento físico, sino en la falta de razones para seguir viviendo.

Advirtió además sobre el papel que puede cumplir la legislación en este tipo de debates. Consideró que las leyes no solo regulan conductas, sino que también modelan criterios culturales y educativos. Por eso sostuvo que habilitar determinadas prácticas implica, al mismo tiempo, marcar una dirección sobre qué valores se priorizan como sociedad. A su entender, si se instala la idea de que la vida vale mientras haya bienestar y deja de valer cuando aparece el dolor, se consolida una lógica de descarte que luego impacta sobre otras realidades humanas.

Lejos de plantear una defensa confesional cerrada, el sacerdote también marcó distancia de cualquier intento de imponer visiones religiosas al conjunto social. Dijo que celebra la separación entre Iglesia y Estado y consideró que la fe no debe transformarse en una forma de imposición. Afirmó que la Iglesia debe presentar una propuesta, no forzar conductas, y que una religión pierde su rumbo cuando pretende obligar a otros a vivir según sus propios principios. Sin embargo, sostuvo que eso no significa que los creyentes deban callar frente a debates que comprometen el modo en que una comunidad entiende la vida, la dignidad y la muerte.

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En otro tramo de la conversación, cuestionó que la eutanasia y el aborto sean presentados solamente como banderas ideológicas o como temas exclusivos del mundo religioso. Señaló que, en su criterio, se trata de discusiones que atraviesan a toda la sociedad y que no pueden agotarse en la oposición entre fe y laicismo. En esa línea, insistió en que el derecho a la vida debe ser protegido como el primero de los derechos humanos, ya que sin vida no existe posibilidad de ejercer ningún otro.

Al referirse al final de la vida, Castillo también introdujo otro concepto: el de la distanasia, entendida como el encarnizamiento terapéutico o la prolongación innecesaria de la vida mediante intervenciones médicas desproporcionadas. Dijo que así como rechaza la eutanasia, también cuestiona la idea de convertir a la muerte en un enemigo absoluto y forzar tratamientos que priven a una persona de una despedida serena, humana y acompañada. En su planteo, una sociedad verdaderamente compasiva no es la que acelera la muerte ni la que la posterga de manera artificial, sino la que acompaña, cuida y alivia.

Sobre ese punto, reivindicó el valor de los cuidados paliativos, del acompañamiento emocional, espiritual y familiar, y de la posibilidad de atravesar el tramo final de la vida con contención y sentido. Desde la mirada de la Iglesia, vinculó esa experiencia con el sacramento de la unción de los enfermos, al que describió como una ayuda para atravesar el dolor sin caer en la desesperación. Pero incluso por fuera de la fe, sostuvo que la proximidad de la muerte puede convertirse en un tiempo de verdad, reconciliación y palabra sincera.

En uno de los pasajes más personales de la entrevista, expresó que no teme a la muerte en sí misma, sino a la posibilidad de llegar a ella sin haber madurado lo necesario, sin haber dicho lo importante o sin haber comprendido el sentido de la propia vida. Planteó que la muerte, asumida como parte del proceso humano, puede convertirse en un momento de enorme densidad existencial, en el que se ponen en juego la memoria, los vínculos y la huella que cada persona deja en los demás.

Hacia el cierre, el presbítero insistió en que su intención no fue hacer proselitismo ni convertir el debate en una disputa entre creyentes y no creyentes. Dijo que su preocupación principal pasa por acompañar a quienes atraviesan situaciones de dolor y oscuridad, y por advertir que una sociedad no debería responder al sufrimiento con la eliminación de quien lo padece. En plena Semana Santa, su mensaje apuntó a la esperanza, al consuelo y a la necesidad de que el dolor no derive en un sufrimiento estéril.

Así, en medio de una discusión que vuelve a tensar convicciones íntimas, marcos legales y definiciones éticas, la intervención de Castillo aportó una lectura que excede lo estrictamente religioso y se mete en el corazón de un debate contemporáneo: qué lugar ocupa la dignidad humana cuando la vida duele, quién decide sobre ese límite y qué respuestas está dispuesta a ofrecer una sociedad frente al sufrimiento de los más vulnerables.

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