



Que aumenten las denuncias por bullying en Joaquín V. González debería ser una señal de alerta para toda la comunidad. No para buscar culpables rápidamente, sino para entender que detrás de cada denuncia hay un chico que está sufriendo y, muchas veces, otro que también necesita ayuda.
El bullying no es una pelea más entre compañeros. No es “cosa de chicos”. No es algo que deba resolverse con un simple “dejá de molestar” o “aprendé a defenderte”. Cuando el acoso se vuelve sistemático, cuando se repite, cuando humilla, amenaza, golpea o expone a través de las redes sociales, estamos frente a una situación que requiere la intervención de los adultos. Y ahí aparece una responsabilidad que no puede esquivarse.
Las escuelas tienen protocolos y deben activarlos. Las familias tienen que escuchar, observar y denunciar cuando advierten señales. Y el Estado debe garantizar que las herramientas existentes funcionen y que ningún caso quede perdido entre trámites, reuniones y papeles.


Pero también hay algo más profundo que debemos preguntarnos. ¿Qué está pasando con nuestros chicos?
Porque muchas veces detrás de quien agrede también puede existir una historia de abandono, violencia, falta de límites o ausencia de contención. Comprender eso no significa justificar la agresión. Significa entender que el problema necesita una respuesta integral.
Tampoco podemos esperar que una escuela, por sí sola, resuelva situaciones que muchas veces tienen raíces familiares y sociales. La comunidad educativa necesita acompañamiento profesional y las familias necesitan herramientas para afrontar estas situaciones.
Hay algo que no podemos permitirnos como sociedad: minimizar la violencia hasta que ocurra algo grave.
Cada insulto repetido, cada humillación, cada amenaza, cada agresión física y cada ataque en redes merece ser escuchado. No para generar una persecución contra un chico, sino para intervenir antes de que el daño sea mayor.
El dato que llega desde Joaquín V. González merece atención. Y quizás también sea una oportunidad para que las escuelas, las familias, los organismos públicos y toda la comunidad se sienten a hablar de convivencia, respeto y límites.
Porque prevenir el bullying no significa solamente castigar al que agrede.
Significa enseñar a no agredir, acompañar al que sufre y detectar a tiempo aquello que, si se ignora, puede dejar marcas para toda la vida.
No esperemos a que una denuncia se convierta en una tragedia para recién entonces preguntarnos qué podríamos haber hecho antes.



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