

Río Piedras: una ruta que mata cuando llueve
José Alberto Coria
Cada vez que llueve en Río Piedras, la Ruta Nacional 9/34 vuelve a convertirse en noticia. Y casi siempre por lo mismo: accidentes, heridos, tragedias evitables. No es casualidad. No es mala suerte. Y tampoco es responsabilidad de una sola parte.
Es cierto: hay conductores que subestiman el riesgo. Que creen que un vehículo potente, una camioneta alta o la tracción reforzada los pone a salvo. Que no reducen la velocidad aun sabiendo que ese tramo, con lluvia, es peligroso. La imprudencia existe y mata. Negarlo sería irresponsable.
Pero sería igual de injusto -y cómodo- cargar toda la culpa sobre quienes manejan.


Porque el Estado nacional conoce desde hace años lo que ocurre en ese sector de la ruta. Los registros de siniestros lo confirman, los informes técnicos lo explican y las tragedias lo recuerdan con crudeza. La superficie presenta condiciones que, en tiempos de lluvia, favorecen la pérdida de control de los vehículos. El fenómeno del aquaplaning no es una hipótesis: es una constante.
La acumulación de agua, los surcos dejados por el tránsito pesado, la deficiente capacidad de drenaje y una geometría del camino que no ayuda hacen que, bajo lluvia intensa, ese tramo se transforme en una trampa. Lo saben los especialistas. Lo saben los vecinos. Lo saben quienes transitan a diario. Y lo sabe el Estado.
Sin embargo, la inversión estructural nunca llega. Los arreglos son parciales, los parches se repiten y el problema de fondo sigue intacto. Mientras tanto, se siguen contando accidentes.
En ese contexto, la prevención aparece como una deuda inmediata. Si la obra definitiva no se hace, si la inversión nacional no se concreta, al menos deberían activarse medidas paliativas en los momentos críticos. Operativos especiales de la Policía Vial en días de lluvia, reducción obligatoria de velocidad, presencia visible, advertencias claras, balizamiento. No para recaudar, sino para prevenir.
La seguridad vial no empieza después del choque. Empieza antes. Empieza cuando el Estado asume que hay tramos peligrosos y actúa en consecuencia. Y empieza también cuando los conductores entienden que ninguna tecnología, ningún motor y ninguna potencia desafían a la física.
En Río Piedras, la ruta avisa. Llueve, y el riesgo aparece. Ignorarlo -desde el volante o desde un escritorio- ya no es un error: es una responsabilidad compartida.


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