


Gobernar nunca fue sencillo, pero hacerlo en la Argentina de hoy exige algo más que alineamientos automáticos o gestos de confrontación. Exige precisión. En ese terreno se mueve Gustavo Sáenz, que en las últimas semanas viene desplegando un discurso quirúrgico: decir lo justo, en el momento justo, y ante los interlocutores correctos.


El encuentro en la Casa de Salta, con gobernadores dialoguistas y la presencia del ministro del Interior, Diego Santilli, fue mucho más que una reunión técnica por el capítulo de Ganancias. Fue una escena política que expuso el dilema central de los gobernadores del interior: cómo cuidar las finanzas provinciales sin romper con un gobierno nacional que, además de administrar recursos, compite electoralmente en sus propios territorios.
Sáenz conoce bien esa tensión. La Libertad Avanza no es solo el oficialismo nacional: es también un actor político que busca crecer en Salta y disputarle representación. Aun así, el gobernador eligió no pararse en la vereda de la confrontación abierta. Tampoco en la de la subordinación silenciosa. Eligió, otra vez, el equilibrio.
Ese equilibrio tiene una razón de fondo: gobernar. Con una recaudación en baja, caída del consumo y provincias cada vez más ajustadas, cada punto que se toca en impuestos coparticipables impacta directamente en la gestión diaria. No es ideología; es caja, salarios, obra pública, servicios esenciales. En ese marco, el reclamo por Ganancias no es una bandera política, sino una necesidad administrativa.
Pero hay otra variable que Sáenz no puede ignorar: su base electoral. El gobernador se nutre, y mucho, de un voto que no comulga con el proyecto de Javier Milei. Un voto anti-Milei que lo acompañó y que espera de él firmeza, defensa del federalismo y autonomía política. Acompañar sin matices sería leído como una claudicación; romper, como una irresponsabilidad.
Ahí aparece el discurso quirúrgico. Sáenz acompaña las reformas, pero pone condiciones. Acepta discutir cambios impositivos, pero exige compensaciones. Habla de apoyo legislativo, pero no resigna recursos provinciales. En la Casa de Salta dejó claro que el respaldo no es un cheque en blanco.
La propuesta de explorar mecanismos como la coparticipación del impuesto al cheque no fue casual. Es una forma de decir: hay voluntad política, pero también límites. Límites que no son personales ni partidarios, sino estructurales.
En tiempos donde el gobierno nacional planta competencia política en las provincias y al mismo tiempo necesita de ellas para gobernar, el rol de Sáenz se vuelve incómodo, pero central. No grita, no rompe, no sobreactúa. Administra tensiones.
Tal vez esa sea hoy la verdadera prueba de liderazgo: no elegir entre Nación o provincias, sino lograr que ninguna de las dos se lleve puesta a la otra. Y en ese juego fino, el gobernador de Salta parece decidido a seguir operando con bisturí, no con motosierra.


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