Violencia juvenil y acoso: más allá del bullying, una trama que exige ser comprendida

Sociedad04/04/2026Xiomara DíazXiomara Díaz
FERNANDO SERRANO
FERNANDO SERRANO

El término bullying se ha instalado como una categoría inmediata para explicar situaciones de violencia entre adolescentes. Sin embargo, especialistas advierten que esa simplificación no sólo resulta insuficiente, sino que puede desviar la atención de procesos de mayor complejidad que se gestan de manera sostenida en el tiempo. La conducta violenta, en estos casos, no irrumpe de forma aislada; responde a una acumulación de factores sociales, familiares, culturales y subjetivos que interactúan entre sí.

Desde el campo de la psicología, la discusión actual propone ampliar el enfoque y evitar respuestas automáticas. La pregunta ya no es únicamente si hubo acoso escolar, sino qué condiciones lo hicieron posible, qué señales fueron ignoradas y qué dispositivos fallaron en la prevención. En ese sentido, el análisis se desplaza desde el hecho puntual hacia el proceso que lo antecede.

En ese marco se inscribe la reflexión del psicólogo Fernando Serrano Urdanibia, quien en una entrevista concedida a Spacio TV planteó la necesidad de revisar las lecturas tradicionales sobre estos episodios. El profesional advirtió que el debate suele activarse cuando el daño ya está hecho, dejando en segundo plano la prevención sostenida.

Sostuvo que el uso indiscriminado del término bullying puede reducir una problemática compleja a una única dimensión. “No es que ocurre un hecho y allí empieza todo; hay una secuencia previa, un proceso que se fue gestando”, explicó. En esa línea, remarcó que los episodios de violencia escolar no son nuevos ni excepcionales, sino que vienen registrándose desde hace años, tanto en el país como en el exterior, bajo distintas modalidades.

Para contextualizar, el psicólogo retomó antecedentes históricos como el caso ocurrido en Carmen de Patagones en 2004, cuando un adolescente protagonizó un ataque armado en una escuela. A su entender, ese hecho y otros más recientes comparten una estructura; una acumulación de tensiones, un contexto que no logra contenerlas y un desenlace que aparece como abrupto, pero que en realidad responde a un recorrido previo.

El profesional propuso analizar el fenómeno a partir de tres niveles. En primer lugar, el contexto social, que incluye las formas de convivencia, los discursos predominantes y los modelos de relación. En segundo término, el entorno inmediato, es decir, la comunidad y el espacio donde el adolescente se desarrolla. Finalmente, la dimensión individual, donde se inscriben las vivencias, los conflictos internos y las formas de tramitar el malestar.

Uno de los aspectos que destacó es la incidencia de los discursos de violencia y crueldad que circulan cotidianamente, especialmente a través de redes sociales. Según señaló, estos contenidos no sólo se difunden con facilidad, sino que muchas veces reciben aprobación y refuerzo, lo que contribuye a su reproducción. En ese escenario, la agresión deja de ser una excepción y comienza a naturalizarse.

En términos teóricos, Serrano Urdanibia vinculó este fenómeno con la concepción psicoanalítica de la pulsión de muerte desarrollada por Sigmund Freud. Explicó que el ser humano posee una tendencia innata hacia la destrucción, que no desaparece, pero que históricamente fue regulada por la cultura a través de normas, leyes e instituciones. Esa regulación, sostuvo, es lo que permite la convivencia social.

El problema, advirtió, aparece cuando esos mecanismos de regulación se debilitan. “Hoy vemos una menor capacidad de control y, al mismo tiempo, una mayor validación de discursos violentos”, afirmó. A esto se suma, según indicó, la sobrecarga de las instituciones encargadas de intervenir, que en muchos casos no cuentan con recursos suficientes para abordar la complejidad de estas situaciones.

En relación con la familia, el psicólogo evitó atribuir responsabilidades de manera exclusiva, pero subrayó su rol en la transmisión de modelos de conducta. Señaló que los niños y adolescentes incorporan formas de vincularse a partir de lo que observan en su entorno cotidiano. Discusiones, descalificaciones, burlas o expresiones violentas pueden ser internalizadas y luego reproducidas.

No obstante, insistió en que la familia no es el único factor. También intervienen otros espacios de socialización, como la escuela, los grupos de pares, los entornos digitales y los consumos culturales. En este punto, mencionó la influencia de videojuegos, redes sociales y figuras de referencia que, a través de su lenguaje o conductas, pueden instalar modelos de agresión o desregulación emocional.

En el ámbito educativo, planteó la existencia de tensiones entre la intervención y la omisión. Por un lado, docentes que exceden sus funciones al involucrarse sin herramientas adecuadas; por otro, situaciones que se dejan pasar o se interpretan como propias de la edad. A esto se suma la presencia de discursos contradictorios, donde se sanciona una conducta dentro del aula, pero se reproducen prácticas similares fuera de ella.

Serrano Urdanibia también extendió el análisis a otros ámbitos, como el deporte, el trabajo y el hogar, donde el maltrato puede aparecer bajo formas naturalizadas. Comentarios aparentemente inofensivos sobre el cuerpo, la apariencia o el desempeño pueden tener efectos acumulativos, especialmente cuando se repiten y no encuentran un espacio de elaboración.

Uno de los conceptos centrales de su exposición fue el de secuencia. Según explicó, la violencia no se produce de manera espontánea, sino que se construye a partir de múltiples experiencias que se van sumando. En ese proceso, la validación del entorno cumple un rol fundamental. Cuando una conducta agresiva es celebrada, tolerada o ignorada, encuentra condiciones para persistir.

En cuanto a la detección, el profesional sugirió observar las conductas en su contexto, más allá de clasificaciones rápidas. Indicó que es necesario analizar si se repiten en el tiempo, si hay intencionalidad y si cuentan con apoyo o refuerzo por parte de terceros. Asimismo, consideró fundamental atender tanto a quien sufre como a quien ejerce la agresión, entendiendo que ambos requieren intervención.

También hizo hincapié en la importancia de leer ciertas señales en los adolescentes, como cambios en el comportamiento, aislamiento excesivo, modificaciones en el uso de redes sociales o en los contenidos que consumen y comparten. En este sentido, advirtió que muchas veces existen formas indirectas de expresión del malestar que no son registradas por los adultos.

Otro punto abordado fue la respuesta habitual frente a estas situaciones. Según sostuvo, con frecuencia se recurre al castigo sin un intento previo de comprensión. Esa reacción, señaló, puede profundizar el conflicto si no se acompaña de una lectura más amplia del contexto y de las causas subyacentes.

En el plano institucional, vinculó la problemática con la falta de políticas sostenidas en salud mental. Consideró necesario fortalecer dispositivos de prevención, capacitación y acompañamiento, tanto en el ámbito educativo como en el comunitario. En ese sentido, destacó la importancia de incorporar herramientas de educación emocional desde edades tempranas.

A nivel local, indicó que en la ciudad de Metán se vienen desarrollando talleres orientados a la prevención del suicidio y al abordaje del acoso escolar. Estas iniciativas, según explicó, buscan intervenir antes de que los conflictos escalen y promover espacios de escucha y reflexión. En la actualidad, también se incorporó el análisis del uso de tecnologías e inteligencia artificial como nuevas formas de agresión y exposición.

Finalmente, Serrano Urdanibia planteó que la violencia debe entenderse como un fenómeno transversal que atraviesa distintos niveles de la vida social. “No es algo que empieza en la escuela ni termina allí”, señaló. En su lectura, se trata de una cadena donde intervienen múltiples actores y donde cada instancia puede contribuir tanto a la reproducción como a la prevención.

La conclusión, apunta a una advertencia; la reducción del problema a una sola categoría impide comprender su complejidad. Abordar la violencia juvenil exige una mirada integral, sostenida y comprometida, capaz de anticiparse a los hechos y no limitarse a reaccionar cuando el daño ya está hecho.

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