



Por Lic. Fernando Serrano Urdanibia – M.P. 1894
Las pantallas dejaron de ser solamente una herramienta tecnológica para transformarse en un fenómeno que atraviesa la salud mental, la educación, la vida familiar y las relaciones humanas. El celular ya no ocupa un lugar secundario dentro de la rutina diaria; hoy organiza horarios, modifica hábitos, condiciona vínculos y redefine la manera en que niños, adolescentes y adultos se comunican con el mundo.
Lo preocupante no es únicamente el tiempo frente a la pantalla. La discusión de fondo pasa por entender cómo se utiliza esa tecnología, desde qué edad se incorpora, qué tipo de contenidos se consumen y qué impacto tiene eso sobre el desarrollo emocional, conductual y social.


Desde el ámbito de la salud mental, profesionales vienen advirtiendo desde hace años sobre cambios cada vez más notorios en las nuevas generaciones. Dificultades atencionales, trastornos del sueño, ansiedad, irritabilidad, dependencia emocional de las redes sociales, aislamiento y problemas en la interacción cara a cara forman parte de una realidad que ya se observa en consultorios, escuelas y hogares.
A eso se suma un dato que abrió nuevas discusiones dentro del campo científico. Investigaciones recientes de la Universidad de Cambridge plantean que la maduración completa del cerebro no finalizaría alrededor de los 23 o 24 años, como se sostenía históricamente, sino que podría extenderse hasta los 31 o 32 años. Uno de los factores que se analizan en relación con este cambio es el impacto que tiene el uso constante de smartphones y tecnología digital sobre el desarrollo cerebral.

La discusión no es menor. Durante décadas se enseñó que los lóbulos cerebrales terminaban de desarrollarse hacia los primeros años de la adultez. Hoy, el escenario parece mucho más complejo. El avance tecnológico modificó hábitos de atención, formas de aprendizaje y sistemas de recompensa vinculados al consumo inmediato de información y estímulos digitales.
El ingreso de la tecnología tampoco fue gradual ni uniforme. Hubo generaciones que crecieron sin internet y otras que nacieron directamente dentro del ecosistema digital. De aquellos teléfonos grandes y computadoras pesadas se pasó, en pocos años, a dispositivos pequeños capaces de concentrar comunicación, entretenimiento, información, trabajo y vida social en la palma de la mano.
Ese cambio tecnológico también produjo una transformación cultural marcada.

La llamada generación Z —personas nacidas aproximadamente entre 1994 y 2010— tuvo un contacto parcial con el mundo analógico. Vivió el paso hacia la digitalización. Pero la generación alfa, integrada por niños nacidos desde 2010 en adelante, creció completamente conectada desde el inicio de su vida. Son considerados “nativos digitales”: chicos que llegaron al mundo cuando internet, redes sociales y teléfonos inteligentes ya formaban parte de la vida cotidiana.
En muchos casos, el celular comenzó a ocupar un lugar que antes pertenecía exclusivamente a la familia, la escuela o los espacios de socialización tradicionales. Hoy, gran parte de los niños aprende palabras, expresiones, modos de hablar y referencias culturales directamente desde plataformas digitales.
No resulta extraño escuchar a preadolescentes utilizar modismos españoles, mexicanos o expresiones nacidas en TikTok, YouTube o Twitch. Tampoco sorprende que muchos chicos incorporen conceptos y formas de comunicarse a partir de influencers o creadores de contenido antes que desde el propio entorno familiar.
La pantalla dejó de ser solo entretenimiento. Para muchos niños y adolescentes funciona como compañía, distracción, regulación emocional y espacio de pertenencia.
Ahí aparece otro punto sensible: el rol de los adultos.
Especialistas advierten que muchas veces son los propios padres quienes, involuntariamente, fortalecen esa dependencia. Frente al llanto, el aburrimiento o la irritabilidad, el recurso inmediato suele ser entregar el celular. Con el tiempo, el niño aprende rápidamente que ese objeto calma, distrae y recompensa.
Ese mecanismo termina construyendo hábitos muy difíciles de revertir.
La situación se complejiza aún más cuando la lógica del consumo tecnológico también alcanza a los adultos. El acceso temprano al celular ya no se limita a “tener un teléfono”, sino a disponer de dispositivos cada vez más sofisticados, redes sociales activas y conexión permanente.
El problema, insisten los profesionales, no radica únicamente en el aparato, sino en el uso que se hace de él.

Las redes sociales introdujeron además una nueva forma de validación emocional. Likes, reproducciones, comentarios y seguidores comenzaron a funcionar como indicadores de aceptación social. La búsqueda de aprobación permanente genera ansiedad, presión estética y necesidad constante de exposición.
El uso de filtros es uno de los ejemplos más visibles. Muchas personas terminan construyendo una imagen digital idealizada que poco tiene que ver con la realidad cotidiana. Esa diferencia entre la vida virtual y la vida real empieza a generar inseguridades, frustraciones y dificultades en los vínculos presenciales.
La necesidad de mostrarse atractivo, exitoso o “perfecto” atraviesa especialmente a adolescentes y jóvenes. Conceptos nacidos en internet pasan rápidamente a formar parte del lenguaje diario y modifican la manera en que las nuevas generaciones perciben su propia imagen.
En paralelo, las redes sociales se transformaron en una especie de diario íntimo público. Allí se expone el estado de ánimo, los conflictos personales, las relaciones sentimentales y hasta cuestiones vinculadas a la salud o la intimidad.
“Hoy se comunica todo”, advierten especialistas.
Ese fenómeno también tiene consecuencias sobre la atención y el descanso. TikTok, una de las plataformas más consumidas actualmente, trabaja con algoritmos capaces de detectar intereses en pocos segundos. La lógica del video corto y del estímulo inmediato modificó incluso la capacidad de concentración.
Los contenidos extensos pierden rápidamente atención. El consumo es acelerado, fragmentado y constante. Muchos adolescentes pasan horas deslizando videos sin advertir el paso del tiempo.
Los estudios más recientes también señalan otro dato preocupante: el celular se convirtió en el primer objeto que muchas personas buscan al despertar y el último que observan antes de dormir.
Las alteraciones del sueño aparecen cada vez con más frecuencia. En talleres realizados con adolescentes, algunos jóvenes reconocieron haber permanecido despiertos durante más de 24 horas consumiendo contenido desde el celular y dormir apenas dos o tres horas como rutina habitual.
La preocupación ya no pasa solamente por el cansancio. La privación del sueño tiene impacto directo sobre la salud mental, el rendimiento académico, la memoria y la regulación emocional.
A nivel físico también comenzaron a observarse consecuencias. Especialistas sostienen que el uso prolongado del celular está modificando hábitos posturales. El cuerpo permanece inclinado hacia adelante durante largos períodos y el contacto visual cara a cara se reduce cada vez más.
Incluso investigaciones médicas ya analizan posibles cambios corporales asociados al uso intensivo de dispositivos móviles.
Otro aspecto que genera alarma es el crecimiento de delitos digitales como el grooming. Argentina registra un incremento sostenido de casos vinculados a adultos que se hacen pasar por menores de edad para establecer vínculos de manipulación y abuso a través de redes sociales o videojuegos.
Muchas veces los adultos descubren la situación tarde, cuando la exposición o el daño emocional ya ocurrió.
Por eso, desde el campo de la salud mental, insisten en la necesidad de involucrarse activamente en el mundo digital de niños y adolescentes. Aprender sobre controles parentales, conocer las plataformas que utilizan, entender cómo funcionan las redes sociales y establecer límites claros ya forma parte de la crianza actual.
La inteligencia artificial también ingresó de lleno en esta discusión.
Hoy las aplicaciones ofrecen respuestas automáticas, redactan textos, generan imágenes, resuelven ejercicios y hasta brindan sugerencias emocionales. Algunas plataformas incluso detectan palabras asociadas a angustia o riesgo y ofrecen líneas de ayuda o contactos de emergencia.
Sin embargo, especialistas remarcan que la inteligencia artificial no reemplaza el trabajo terapéutico profesional.
Puede funcionar como herramienta de apoyo, orientación o acompañamiento momentáneo, pero no sustituye la evaluación clínica, el vínculo humano ni la singularidad de cada paciente. Un profesional no solo escucha palabras: observa conductas, silencios, gestos, cambios de ánimo y procesos emocionales que ninguna aplicación puede interpretar completamente.
La tecnología, sostienen, no debe ser demonizada. Sus avances permitieron enormes beneficios en salud, educación y comunicación. El desafío pasa por aprender a utilizarla con criterio, límites y conciencia.
Una de las recomendaciones más frecuentes es revisar el tiempo real de uso del celular. Tanto Android como iPhone cuentan con herramientas que muestran cuántas horas se utilizan las aplicaciones, cuántas veces se desbloquea el dispositivo y qué plataformas concentran mayor consumo.

Los resultados suelen sorprender.
Argentina figura entre los países con mayor frecuencia de uso de celulares a nivel mundial. Estudios recientes ubican al país entre los primeros puestos del ranking global de tiempo de pantalla, con promedios diarios que superan ampliamente varias horas de uso continuo.
Pero detrás de los números aparece una pregunta cada vez más presente: cuánto espacio está ocupando la virtualidad en la vida cotidiana y cuánto se está perdiendo del contacto humano directo.
La discusión ya dejó de pertenecer exclusivamente al ámbito tecnológico. Hoy involucra a la salud mental, la educación, la crianza y la forma en que una sociedad entera se relaciona consigo misma.
Porque el verdadero debate no es si la tecnología es buena o mala. La pregunta que empieza a hacerse cada vez más urgente es otra: qué lugar se le está dando dentro de la vida real.
Entrevista: Spacio TV



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