

"Váyanse ustedes, que tienen hijos. Yo me quedo": lo que la historia olvidó
Xiomara Díaz
El 2 de abril de 1982, en las lejanas Islas Malvinas, donde el viento parecía gritar la tragedia, un joven de apenas 18 años, que no sabía leer ni escribir, se convirtió en símbolo de la valentía más pura. Su nombre: Oscar Ismael Poltronieri.
Aquel día, durante la batalla en el Monte Dos Hermanas, Poltronieri, un soldado conscripto argentino, enfrentaba solo a más de 600 soldados británicos. Su cuerpo herido no podía moverse, pero su voluntad era más fuerte que el dolor. En medio de una feroz ofensiva, miró a sus compañeros y, con voz firme y decidida, gritó: “Váyanse ustedes, que tienen hijos. Yo me quedo”. Y se quedó.
Mientras el resto de los soldados argentinos se retiraba a zonas seguras, él, con su ametralladora, cubría su retirada. Solo. Herido. Sin esperanza de sobrevivir. Y sin embargo, resistió durante más de 10 horas, enfrentándose a lo mejor del ejército británico, mientras su sangre se deslizaba por el suelo frío de Malvinas. No fue un acto de valentía, fue un sacrificio absoluto. Dio su vida, su futuro, por sus compañeros. Por Argentina.


Cuando el combate terminó, Poltronieri seguía allí, inmóvil. Había evitado el avance británico, pero a costa de su propia vida. Herido, incapaz de moverse, prefirió quedarse y luchar, consciente de que su sacrificio era la única manera de salvar a los demás. No pidió gloria. No esperaba recompensa. Solo cumplió con su deber. Un deber que lo llevó al límite, donde la supervivencia pasó a ser una sombra fugaz.
Por su heroísmo, la Nación Argentina le otorgó la máxima condecoración: “La Cruz de la Nación Argentina al Heroico Valor en Combate”. La medalla brilló en su pecho, pero el verdadero sacrificio estuvo en su alma. Un joven que había sido arrojado a la guerra sin preparación, sin conocimientos, pero con un valor que pocos hombres poseen.
Sin embargo, la historia de Poltronieri no terminó con una medalla. A pesar de ser un héroe para la Nación, su vida posterior fue un calvario. La guerra lo dejó marcado, no solo en su cuerpo, sino en su mente. Intentó escapar de su dolor, de los fantasmas que lo acechaban, y hasta pensó en la muerte como única salida. Vivió en la oscuridad de una existencia rota, vendiendo baratijas en los colectivos y trabajando de remisero, en una lucha constante por encontrar algo de paz. Pero no la encontraba.
Lo que pocos saben es que, en el otro lado del mundo, soldados y oficiales británicos, que lo habían visto pelear, buscaban a este joven valiente para rendirle homenaje. Reconocieron en él un coraje que trasciende las fronteras del odio. Y fue así como Poltronieri fue condecorado también en Inglaterra con “La Cruz de Hierro al Valor”. Un reconocimiento que llegó demasiado tarde para un hombre que nunca buscó ser reconocido, solo cumplir con su deber.
Hoy, 43 años después, su nombre sigue siendo una incógnita para muchos. En las escuelas de Argentina, su historia se olvida. ¿Por qué? Porque recordarlo nos obliga a enfrentarnos a un pasado que aún duele, que aún vive en nosotros. Su sacrificio, tan profundo y desgarrador, no debe ser una memoria de un día, de un 2 de abril. Debe ser una enseñanza que nos atraviese todos los días, recordándonos que la Patria tiene en su historia hombres como Oscar Poltronieri, cuya vida fue un grito de sacrificio para salvar a la Nación.
Cuando recordamos a los caídos en Malvinas, no solo debemos rendirles homenaje en una fecha marcada en el calendario. Que no quede en un solo día. Que el nudo en nuestra garganta, al recordar su sacrificio, no se disuelva nunca.


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