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La crisis golpea el día a día: comercios vacíos, jubilados desprotegidos y salarios que no alcanzan.
Opinión01/10/2025
Carolina Saravia
En cada esquina del país, en cada conversación de café, en cada mostrador de un negocio vacío, se repite la misma sensación: algo se rompió en la vida cotidiana de los argentinos. La crisis económica ya no es un titular de diario ni un gráfico frío; es la mesa de las familias con menos comida, es el jubilado que elige entre remedios o un plato de comida, es la maestra que enseña con las uñas porque la educación pública se desangra.


La caída de las ventas no es solo un problema de números: son persianas que bajan, sueños que se postergan y trabajadores que sienten que su esfuerzo ya no alcanza. El hambre dejó de ser una palabra lejana para convertirse en una realidad cada vez más visible. En las calles se percibe el abandono, un silencio que duele cuando la gente empieza a acostumbrarse a vivir con menos de lo mínimo.
Los jubilados, quienes deberían transitar su vejez con dignidad, parecen condenados a una lucha diaria contra la indiferencia. La salud se resquebraja con hospitales desbordados, falta de insumos y médicos que hacen milagros con lo poco que tienen. La educación pública, orgullo nacional durante décadas, tambalea entre paros, edificios deteriorados y docentes mal pagos.
Y al final, todo se resume en un salario que ya no dice “tranquilidad”, sino “alcanzará hasta cuándo”. Ese billete que cada vez vale menos es la metáfora de un país que se desvaloriza a sí mismo.
Pero entre tanto dolor, todavía late una certeza: la gente no se rinde. Porque aunque el bolsillo esté vacío, la esperanza insiste en aparecer en cada madre que manda a sus hijos a la escuela, en cada jubilado que todavía se planta con dignidad, en cada trabajador que, pese a todo, abre su negocio una vez más.
La Argentina atraviesa una crisis profunda, tal vez una de las más duras de los últimos tiempos. Y quizás lo más urgente no sea solo resolver la economía, sino reparar el tejido social que se está desgarrando. Porque detrás de cada número frío, hay un rostro, una historia, una vida. Y esa vida merece ser vivida con dignidad.

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