



Cuando Juan Román Riquelme se detuvo a saludar a un chico en silla de ruedas, un hincha de Boca Juniors, y el nene -entre lágrimas- dijo “era mi sueño”, la discusión dejó de ser política. Se volvió humana.
Ese chico no estaba pensando en rutas, ni en luminarias, ni en partidas presupuestarias. Estaba viviendo un momento que probablemente lo acompañe toda la vida. Y ese momento ocurrió en Salta, en el Estadio Padre Ernesto Martearena, en el marco de la Copa Argentina.


Ahí es donde vale hacer una pausa.
Porque claro que hay necesidades. Claro que faltan obras. Claro que hay reclamos legítimos. Pero un gobierno no puede limitarse a tapar baches. También debe construir experiencias, oportunidades y emociones colectivas.
El jueves no solo hubo un partido. Hubo miles de jujeños, tucumanos y salteños movilizando la economía local. Hoteles completos. Gastronomía trabajando a pleno. Comercios vendiendo más que un día normal. Movimiento real. Pero además hubo algo más difícil de medir: ilusión.
El Estado no puede desentenderse del deporte, de la cultura, del turismo. Porque ahí también se construye comunidad. Ahí también se genera inclusión. Ahí también se activa la economía.
La imagen de ese chico abrazando su sueño resume algo simple: el desarrollo no es solo cemento. También es identidad, pertenencia y oportunidades para vivir momentos que trascienden lo material.
Gobernar es atender lo urgente. Pero también es animarse a generar lo extraordinario, y cuando una provincia logra que un chico cumpla su sueño en su propia tierra, algo se está haciendo bien.





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