



En la Argentina actual, cada vez que una noticia incomoda aparece una reacción automática: “opereta”, “medios kukas”, “campaña en contra”. Es un reflejo que busca correr el eje de la discusión. Pero hay un problema: los hechos siguen estando ahí.
Los medios no inventan declaraciones. No obligan a los funcionarios a decir lo que dicen ni a actuar como actúan. Informan sobre lo que ocurre. Y lo que viene ocurriendo dentro del propio gobierno de Javier Milei alcanza, por sí solo, para generar ruido, polémica y debate público.


El vocero Manuel Adorni se convirtió en más de una ocasión en protagonista de tensiones innecesarias, lejos de aportar claridad en momentos delicados. El diputado José Luis Espert llegó incluso a denunciar entre lágrimas una supuesta “operación”, en una escena que expuso más fragilidad política que certezas.
A esto se suman episodios que el propio oficialismo no logra ordenar ni explicar con consistencia: controversias como el caso “Libra”, cuestionamientos en organismos sensibles como la ANDIS y decisiones que abren frentes en lugar de cerrarlos.
Y cuando aún no se apagan esos focos, aparece una nueva declaración que vuelve a encender la polémica. El ministro de Salud, Mario Lugones, calificó como “una carga muy grande” a los afiliados mayores de 80 años del PAMI. No es una interpretación. Es textual. Y es, además, profundamente sensible en un país donde millones de adultos mayores dependen de ese sistema.
Entonces, la pregunta es inevitable: ¿de verdad el problema son los medios?
El periodismo puede equivocarse, claro. Pero convertirlo en el enemigo permanente cada vez que algo incomoda es una estrategia que ya muestra desgaste. Porque la sociedad no es ingenua: distingue entre una operación y una declaración desafortunada, entre una construcción mediática y un error propio.
Gobernar también implica hacerse cargo de lo que se dice. Medir el impacto. Entender que cada palabra construye o deteriora confianza.
Seguir señalando a los medios como responsables de cada crisis puede servir como relato hacia adentro, pero difícilmente resuelva los problemas hacia afuera. Y ahí está el punto: la realidad no se tapa. Se gestiona.


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