



Las amenazas escritas en los baños de colegios salteños encendieron una alarma. No por el hecho en sí -grave, sin dudas- sino por lo que revela. Porque lo que ocurre dentro del aula no nace en el aula. Es, en gran medida, el reflejo de un clima social más amplio.
Durante años se discutió -y con razón- sobre los derechos de niños y adolescentes. Era necesario. Pero mientras ese debate avanzaba, algo más profundo comenzaba a resquebrajarse: el modo en que los adultos ejercen la autoridad, no solo en la escuela, sino en todos los ámbitos.


Hoy la escuela aparece muchas veces desbordada, no tanto por lo que pasa adentro, sino por todo lo que entra desde afuera. Familias con menos tiempo, con menos herramientas o directamente ausentes. Redes sociales donde el insulto, la agresión y la descalificación son moneda corriente. Y una dirigencia política que, lejos de dar el ejemplo, muchas veces construye su discurso desde la confrontación permanente.
Los chicos miran. Escuchan. Aprenden. No de lo que se les dice, sino de lo que se hace.
En ese contexto, pretender que la escuela funcione como una burbuja aislada es desconocer la realidad. Cuando la sociedad naturaliza la violencia en el lenguaje, cuando el respeto pierde valor en la conversación pública, cuando el límite se vuelve difuso en todos los niveles, el aula no queda al margen: lo reproduce.
Por eso, el debate no debería quedarse únicamente en si se perdió o no la autoridad escolar. La pregunta es más incómoda: ¿qué tipo de autoridad están viendo los chicos en la sociedad? ¿Qué ejemplo reciben todos los días?
La advertencia de la docente jubilada de Metán no es un hecho aislado. Es parte de una preocupación que se repite en muchas comunidades: la sensación de que algo se rompió en el vínculo entre adultos y jóvenes.
Y tal vez la clave no esté en endurecer sanciones ni en retroceder en derechos, sino en algo más básico: recuperar coherencia. No se puede exigir respeto en el aula si el mundo adulto se expresa desde la falta de respeto. No se puede pedir límites claros si afuera todo es relativo.
La escuela necesita autoridad, sí. Pero esa autoridad no se construye solo con normas internas. Se construye, sobre todo, con una sociedad que vuelva a valorar el respeto, el orden y la responsabilidad.
Porque, al final, lo que aparece en una pared no es más que el eco de lo que pasa afuera.


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