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La muerte del padre Ariel Fessia duele, pero también obliga. Nos pide mirar de frente una realidad que se mantuvo demasiado tiempo en silencio. Honrar su memoria no es solo recordarlo: es evitar que otro cura viva -y muera- en condiciones que nunca debieron ocurrir.
Opinión09/12/2025
José Alberto Coria
La muerte del padre Ariel Fessia sacudió a El Galpón y a toda la región. No solo por el cariño que despertaba, sino por la crudeza con la que expuso una realidad que la Iglesia ya no puede seguir ignorando: sus curas están quedando solos frente a necesidades básicas que deberían estar cubiertas por algún sistema.


Ariel vivió como predicaba: con sencillez, cercanía y un fuerte compromiso con la comunidad. Pero su vida -y su enfermedad- también revelan una contradicción profunda. Mientras él acompañaba a las familias del pueblo, ayudaba a los enfermos y atendía los problemas sociales de todos, nadie acompañó a tiempo su propia salud.
No tenía obra social. No contaba con un sistema de asistencia médica institucional. Y los medicamentos que debía tomar todos los días -más de 2 millones de pesos por mes- los conseguía gracias a la solidaridad de una farmacéutica local y al aporte de la gente, que lo ayudaba como podía. Un cura sostenido por el pueblo, no por la estructura que debería sostenerlo. Desde octubre dejó se suministrarse una inyección que se la proveía el Estado nacional. La burocracia lo llevó a hacer decenas de trámites, pero nunca más le llegó.
Eso no está bien. Y es momento de decirlo.
La manera en que eligió vivir -y también vivir su enfermedad-: sin ser una carga para nadie, con una humildad extrema, casi con una actitud que muchos describen como la de un santo. Esa fue su decisión. Su forma de entender el servicio. Su modo de entregar la vida hasta el último día.
Pero esa elección personal no puede ser excusa para tapar las responsabilidades que la Iglesia tiene con sus propios sacerdotes.
Es urgente que la institución revise su política de acompañamiento a los sacerdotes. No solo en lo espiritual, sino también en lo humano: salud, obra social, controles médicos, cobertura mínima para enfrentar enfermedades que pueden aparecer en cualquier momento.
La vocación no exime de derechos. Y el celibato tampoco significa renunciar al cuidado personal.
Un sacerdote no debería depender de la buena voluntad de una farmacia ni de colectas informales para poder tratarse. La institución que predica el valor de la dignidad tiene que garantizar la dignidad de sus propios ministros.
El caso de Ariel deja también una lección que trasciende lo religioso: debemos hacernos chequeos médicos a tiempo. Él descubrió su tumor cuando ya estaba avanzado. Como muchos: por evitar controles, por falta de cobertura o simplemente por dejar la salud para después.
El “después” a veces llega tarde.
El otro mensaje que queda es el de El Galpón y su gente. Acompañaron a su cura porque él los acompañó durante años. Lo hicieron en vida, ayudándolo con sus medicamentos; y lo hicieron en su despedida, llenando la iglesia hasta desbordarla.
En una época donde las instituciones muchas veces fallan, la comunidad volvió a demostrar que la solidaridad sigue viva.
Pero ese esfuerzo no puede reemplazar lo que debe hacer la Iglesia.
Obra social garantizada para todos los sacerdotes.
Fondo institucional para medicamentos y tratamientos de alto costo.
Controles médicos periódicos obligatorios.
Protocolos de acompañamiento humano y psicológico.
No se trata de privilegios. Se trata de responsabilidad.
La muerte del padre Ariel Fessia duele, pero también obliga. Nos pide mirar de frente una realidad que se mantuvo demasiado tiempo en silencio. Honrar su memoria no es solo recordarlo: es evitar que otro cura viva -y muera- en condiciones que nunca debieron ocurrir.

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