Milei y sus cuatro paros: Alfonsín sigue imbatible

Opinión19/02/2026José Alberto CoriaJosé Alberto Coria

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El cuarto paro general contra Javier Milei llega justo cuando se debate en Diputados su reforma laboral, un proyecto que los gremios consideran un “ataque directo” a los trabajadores. No es la primera vez que un presidente argentino enfrenta la furia sindical, y la historia muestra que la conflictividad laboral es un indicador claro de cómo los gobiernos chocan con los sectores organizados.

Desde 1983, se registraron 48 paros generales en Argentina, un promedio de uno cada 10 meses. Milei, en menos de dos años, acumula cuatro, lo que da una media de uno cada seis meses. Es mucho, pero no tanto si se lo compara con Raúl Alfonsín, que recibió 13 paros en 67 meses, o con Fernando de la Rúa, quien vivió un paro cada tres meses en su breve mandato.

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Los números muestran que los paros no son solo un reflejo de crisis económicas o políticas, sino también de debates sobre derechos laborales. Alfonsín enfrentó huelgas en medio de una economía hiperinflacionaria, mientras que De la Rúa acumuló medidas de fuerza en un contexto de descontento social creciente. Milei, en cambio, encara huelgas en medio de reformas estructurales y cambios profundos en el mercado laboral, con un artículo 44 que recortaba pagos en licencias médicas como detonante.

Lo curioso de la historia reciente es que algunos gobiernos no registraron paros generales: los de Cristina Fernández de Kirchner en su primer mandato y Alberto Fernández. Esto no significa ausencia de conflicto, sino que muchas veces se negocia o se contiene a los sindicatos antes de que tomen medidas extremas. Milei, en cambio, se encuentra frente a una CGT que no duda en golpear cuando percibe amenaza a los derechos conquistados.

El dato es claro: enfrentarse a los gremios no es ninguna novedad en la política argentina. Lo que sí cambia son los contextos, las causas y la velocidad con la que las medidas de fuerza aparecen. Para Milei, que ya suma cuatro paros en menos de dos años, el desafío es enorme: equilibrar reformas laborales con la capacidad de diálogo con sindicatos que tienen memoria histórica y reacción rápida.

Al final, los paros no son solo un número en las estadísticas; son un termómetro del clima social, un reflejo de tensiones profundas y un aviso de que, en Argentina, gobernar sin negociar con los gremios es jugar con fuego. Si Milei quiere dejar una huella duradera, tendrá que encontrar un equilibrio entre modernización y respeto por los derechos de quienes ponen el cuerpo día a día en los trabajos del país.

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